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Feritas, humanitas, divinitas



[PRÓLOGO DEL LIBRO]

Desde Platón y Aristóteles hasta Javier García Gibert y Jesús Cotta, la propuesta humanista ha permanecido prácticamente invariable a lo largo de dos milenios y medio: el hombre, criatura singular en el cosmos, dual en su composición (cuerpo y alma, materia y espíritu), síntesis de lo alto y lo bajo, vive en un equilibrio precario, pues por un lado la gravidez de la tierra tira de él hacia abajo, y por otro la gracia del cielo le succiona hacia arriba, de manera que de su libre elección dependerá si claudica y regresa a la animalidad (feritas), con la cual comparte instintos y pasiones, o se yergue y endereza sus pasos hacia el Creador, al que le debe la razón y las virtudes (divinitas).

Sin diferencias esenciales entre ambos, paganos y cristianos (humanos por vocación pero sobre todo por elección) comparten una perspectiva de la existencia vertical, jerárquica, en la cual el individuo arrostra la responsabilidad intransferible de dirimir si se arrastra o levita, se asemeja a las bestias o a los ángeles; una estructura ontológica cualitativa que queda subvertida con la Modernidad, donde la horizontalidad se impone y la historia se erige en juez único del hombre y de la sociedad.

Esta renuncia a las alturas no es gratuita: acarrea una equiparación inevitable entre todas las criaturas, pues no quedan instancias morales, intelectuales o espirituales a las que apelar; el humano ya es un ser entre los demás, sin más derechos que ellos y, lo que resulta escalofriante, carente de una misión específica. Reducido a mero amasijo de hormonas y neuronas, sin otra meta aparte de garantizar la supervivencia de la especie, despojado de cualquier promesa de trascendencia, queda el hombre abandonado a sus impulsos primarios, como los ratones o las cucarachas. Las consecuencias a la vista están: vuelve la ley de la selva, el violento todos contra todos, y cunde la desesperación (en su doble faz: la de la abisal depresión y la de la diversión desaforada), mientras las mascotas ocupan sin ningún esfuerzo el lugar de nuestros semejantes: ¿por qué no, si para el antihumanismo todos los seres vivos somos... iguales?

Ante este panorama, se impone desandar el camino, volver a la encrucijada (la “Y”) en que Occidente decidió elegir la senda incorrecta –la que le alejaba del cielo para aplastarlo contra el suelo– y retomar los principios del humanismo clásico: ese que, aliando cultura clásica y cristianismo, puso al hombre ante el espejo de su propia dignidad. Para ello, reunir en una antología algunos pasajes excelentes de la tradición humanista quiere y puede servir para refrescar una memoria emborronada por la vana erudición y la divulgación mal entendida: en una época en que a los clásicos se les malversa para usos meramente lúdicos o decorativos, enfatizar su valor como estandartes morales, intelectuales y espirituales no es poca cosa.

Todo comienza con Platón y Aristóteles, prosigue con Cicerón y Séneca y perdura con la Patrística cristiana (Lactancio, Nemesio de Émesa, San Agustín), forjadores todos ellos de los grandes conceptos del humanismo clásico (el de alma, el de virtud, el de sumo bien, el de libro albedrío) y cartógrafos de las variadas rutas que pueden orientar al individuo –instancia fundamental de la cultura occidental– en las procelosas aguas de la existencia.

Los humanistas del Renacimiento reavivan la conciencia de continuidad de dicha tradición y, gracias a sus aptitudes retóricas y oratorias (muy evidentes en los casos de Pico della Mirandola, de Juan Luis Vives o de Ambroise Paré), reincorporan sus grandes referentes también a la vida cívica y política. Con el paréntesis entre prudente y escéptico del barroco (aquí, Gracián brinda un oportuno contrapunto al optimismo desbordante de sus inmediatos antecesores), Kant y sus herederos románticos, representados en la antología por Schiller y Fichte, toman el testigo del humanismo despojándolo de su terminología clásica aunque preservando su espíritu esencial. Con todo y con eso, aún es posible constatar la pervivencia en plena Modernidad de adalides de la versión ortodoxa del humanismo, como queda demostrado en el caso de Juan Pablo Forner.

La generalización, durante los siglos XIX y XX, del paradigma científico en las ciencias humanas tuvo un impacto desastroso para el humanismo clásico, más preocupado por la prescripción que por la descripción (y aquí las aportaciones de la antropología filosófica resultan sumamente ilustrativas); la reflexión queda entonces confinada en los márgenes de un ensayismo siempre amenazado de incurrir en graves inconsistencias, cuando no en la inanidad narcisista. En cualquier caso, nombres como los de Ortega y Gasset, Arendt, Zambrano, Jaspers, Camus o Steiner mantuvieron viva la llama de un humanismo de resistencia, el único posible en tiempos de penuria.

El siglo XXI, con la irrupción de dos fuerzas antagónicas aunque concurrentes en su vocación antihumanista (me refiero al animalismo y al transhumanismo), activa una auténtica emergencia civilizatoria que pasa por la restauración de la continuidad perdida con la gran tradición cultural de Occidente, de la cual en este libro se recuerdan algunos de sus grandes hitos. Las palabras de algunos de nuestros contemporáneos aquí reproducidas (Ayllón, García Gibert, Cotta) resuenan poderosamente como aldabonazos en los adormecidos oídos del presente, desvelando la vigencia inmarcesible de un legado cuyo valor nunca dejaremos de ponderar como merece. Y es que sólo rememorando aquello que fuimos porque lo sabíamos podremos recobrar la conciencia de lo que siempre seremos, aunque lo hayamos olvidado.

Para la edición de Vida y costumbres del humanista, de Juan Luis Vives



Aunque la figura de Juan Luis Vives goza en la actualidad de un indudable reconocimiento y su obra ha sido publicada con el rigor y la minuciosidad que merece, es dudoso que sus principales aportaciones a la historia del pensamiento hayan pasado a formar parte del acervo común (destino natural, y deseable, de cualquier humanista que se precie). Por el contrario, apenas se le reconoce su papel en la forja de ciertos conceptos genéricos en materia de pedagogía, psicología y servicios sociales, mientras que permanecen en la sombra otros de carácter filosófico y teológico de indudable interés intrínseco. Esto resulta alarmante en lo concerniente a propuestas netamente vivistas: me refiero a aquellas que apuestan por un saber comprometido con la vida que se nos antojan de gran actualidad, pues si algo se ha perdido en la Modernidad ha sido, justamente, la alianza indisoluble que caracteriza el auténtico humanismo entre teoría y práctica, reflexión y acción, filosofía y moral. Con las críticas kantianas se sanciona la drástica separación entre los ámbitos propios del hombre... y de aquellos polvos, estos lodos de los que hoy en día nos lamentamos muchos, con una erudición estéril para la vida coexistiendo espalda con espalda con una sociedad desnortada, irreflexiva, para la cual el conocimiento ha perdido cualquier densidad existencial quedando confinado entre los muros de una academia más preocupada por producir papers que por contribuir a la mejora de la sociedad a la que pertenece. Bien es verdad que, en la época de Vives, tampoco la universidad era un semillero de ideas humanistas, y hay quien postula que el perfil de esta instituición le inhabilita para asumir el protagonismo en dicho ámbito. Sea como fuere, siguen siendo pertinentes los llamamientos de los humanistas del pasado para aunar los saberes y ponerlos al servicio de la mejora integral de las personas, y no sólo en el orden material, sino intelectual, espiritual y moral.

En este contexto, unas páginas como las que ahora se reeditan (el capítulo final de Sobre las disciplinas) pueden aportar útiles perspectivas en el debate en torno a la función del intelectual en una sociedad abierta, así como incidir en su perfil ético centrado en valores poco vigentes en nuestra época: humildad, bonhomía, generosidad, unidos a la capacidad de aceptar las propias limitaciones y de aceptar los hallazgos ajenos, no son frecuentes entre nuestros investigadores y docentes, urgidos a una competitividad impropia de un mundo en el que deberían imperar los afanes cooperativos y, sí, fraternales. De hecho, el humanismo cristiano que impregna las páginas que siguen vuelve a mostrarlo como el paradigma capaz de aunar de nuevo todo aquello que la Modernidad ha separado, con su secularismo desaforado y su aversión a una trascendencia sin la cual, cabe admitirlo ya, el ser humano pierde la capacidad de percibirse como lo que es: una criatura eminente, ontológicamente superior al cosmos en el que nace, crece, se reproduce y muere, y destinada a esas “altas metas” a las que apelaba Cicerón y que para las cuales los humanistas nos sabemos indefectiblemente llamados.


Rescatar las grandes palabras

 


En una sociedad como la nuestra, donde la comunicación masiva e instantánea requiere de un uso urgente y poco escrupuloso del lenguaje, las mayores damnificadas son las grandes palabras. Conceptos mayúsculos y hermosos, preñados de sentido y de historia; vocablos venerables, que siempre se pronunciaron con recato y moderación, ahora corren de boca en boca (y de tuit en tuit) de un modo desconsiderado. Palabras como «belleza», «verdad», «patria» o «Dios», por mencionar sólo las más significativas, se han visto degradadas por un uso negligente, cuando no malévolo, por parte de una sociedad que parece no reparar en la importancia de extremar la cautela a la hora de apelar a ellas, pues sin las grandes palabras que plasman nuestros mejores valores nos vemos abocados a lidiar con sus pálidas copias: los prejuicios, los tópicos y las consignas.

Buena parte de la responsabilidad en esta deriva recae, sin duda, en la publicidad, y no sólo la de naturaleza comercial, sino también la de índole política. La necesidad de poner en circulación eslóganes efectivos (y efectistas) que parezcan revestidos de dignidad y significado parece incitar a los embaucadores a echar mano de los altos conceptos, con el fin de ganarse la confianza del receptor de sus mensajes de un modo rápido y poco costoso. El efecto dramático de este abuso ya no es sólo la difusión masiva de meras falacias bajo el ropaje de un discurso biensonante, sino que esos mismos conceptos se ven, de facto, inhabilitados para el uso que les estaba reservado: las grandes palabras quedan, pues, secuestradas por los mercaderes de la mentira, los cuales se apropian de lo más sagrado que posee una comunidad ˗su lenguaje˗ a cambio de la gloria efímera de la compra o del voto (o de la compra del voto, incluso).

A ello obedece el recelo, cuando no el abierto rechazo con que el ciudadano medio, insistentemente sometido a esta sistemática manipulación del lenguaje, tuerce el gesto ante las grandes palabras; a su fatigado oído ya le suenan a viejas, a sobadas, a andrajosas: ¿quién, al escuchar «belleza» o «verdad», no ha reaccionado instintivamente a la defensiva, apelando al carácter «relativo y convencional» de lo que, por su propia naturaleza, sólo puede ser absoluto y universal (al menos, para esa misma comunidad y, al menos también, durante un tiempo)? Es el coste de habernos dejado robar las palabras, saqueadas por la ansiedad comunicativa de los heraldos del poder.

Urge, pues, rescatar las grandes palabras de las manos de quienes se las han apropiado de manera ilícita, y devolverles su justo lugar en la sociedad (el más elevado), pues una comunidad que prescinde de ellas, y de todo lo hermoso y venerable que ellas vehiculan, está condenada a perecer ahogada en su propia vacuidad… si no lo ha hecho ya.

Y, ¿quiénes llevarán a cabo esa ardua misión? Los que fundan lo que dura: los poetas; ante todo, preservando las palabras del mal uso al que se ven sometidas, e inmediatamente después, infundiéndoles ese vuelo que nos permita avizorar de nuevo las celestes regiones, allí donde subsisten los grandes conceptos inmarcesibles que desde siempre han guiado la conducta humana: la bondad, la entereza, la honestidad, la justicia, la magnanimidad, la aspiración a la belleza, y tantas otras virtudes cuyos excelsos nombres jamás deberían haber caído en manos de los traficantes de oquedades. Desde aquí, alzo mi copa por ello.


(Prólogo a R. Virtanen (ed.), Un instante en el paraíso. Los aforistas y la belleza. Apeadero de Aforistas, Sevilla, 2022)

NACIDO HOY. El apellido como vestigio evolutivo

 


 

"Todos los muertos que me han hecho posible me miran desde el espejo".

Jesús Cotta


Se ha dicho ya, pero cabe repetirlo: el sueño del sujeto moderno es el de hacerse a sí mismo (autodeterminarse, lo llamó Hegel), cancelando cualquier deuda para con el pasado. Esta ilusión arranca con el “cogito ergo sum” de Descartes y desemboca en la “epojé” husserliana, encontrando en el delirio del übermensch nietzscheano su epítome preclaro, y en todos los casos supone una refutación de la perspectiva clásica, según la cual todo lo esencial ya ha sido dicho y solo nos cabe recibirlo, cuidarlo y transmitirlo lo mejor posible a las generaciones venideras.

Esa idea misma, la de la tradición, es la gran bestia negra de la Modernidad; de hecho, no hay ejercicio más moderno que el de hacer tabula rasa con el pasado, siendo las vanguardias estéticas su cara más virulenta, aunque también la más paródica: “hay que ser absolutamente moderno”, dejó escrito Rimbaud, en una frase en la que salta a la vista el carácter imperioso, casi totalitario de su vocación heurística, la cual encuentra un tétrico eco en la constatación, por parte de Freud, de que es con la “muerte del padre” como el individuo accede a su plétora personal.

Nacer hoy, no deberle nada a nadie para, así, poder definirse libremente, sin condicionantes, como en una pizarra en blanco... ¡Qué fantasía! El mero hecho de estar vivo ya es un préstamo vitalicio que nunca podremos acabar de resarcir; debemos gratitud eterna a nuestra madre por que no nos arrojara al río nada más parirnos... por no hablar del sinfín de desvelos y cuidados que hemos sustraído a nuestros progenitores (quienes lo son, lo saben) para poder llegar a adultos.

Si nuestra existencia material resulta inconcebible sin el concurso de terceros, quebrando así la quimera de una fundación ex nihilo, ¿qué decir de nuestra identidad personal: nuestras opiniones, nuestros valores, nuestros sueños, incluso nuestros propios deseos? Sin llegar al extremo de los constructivistas, que lo estiman todo socialmente determinado, pero tampoco al de Mark Twain cuando, en ¿Qué es el hombre?, niega cualquier opción para la originalidad, nuestra naturaleza lingüísticamente mediada nos arroja a un espacio en cualquier caso dialógico e históricamente circunscrito, donde cualquier opción para el cambio (¡por no hablar de la innovación!) para necesariamente por la asunción, deglución y transformación enzimática del legado recibido.

Con estos antecedentes, por todos conocidos, el concepto de “apellido” parece revestirse de una luz especial: ya no supone la mera filiación filogenética con efectos legales más o menos limitados, sino que acarrea una ontogénesis dramática para el adanismo moderno. Somos en cuanto antes otros han sido, y no unos cualquiera, sino aquellos que nos endosan un patrimonio (genético, en primer término) del cual solo en un futuro quizás no tan lejano podamos desprendernos. Sánchez, hijo de Sancho; Fiódor Mijáilovich, hijo de Mijáil: desde el primer día, nos constituimos en eslabón de una cadena que, hasta ahora, solo una desgracia podía romper, pues no se concebía tragedia más lacerante que la de sustraerse al cauce fluvial de una humanidad que toma y da, nunca retiene.

Pero para la Modernidad no hay ni debe haber nada imposible: contra la “maldición del apellido”, la expiación del rebautismo. ¡Ser uno mismo reinventándose otro! ¡Nacer de nuevo, de un día para otro, con otro apellido, borrando de un plumazo deudas y lastres! No otra cosa hicieron los emigrantes europeos que, al llegar a las costas estadounidenses, podían adoptar literalmente cualquier apellido para emprender una vita nuova en América: así, uno podía acostarse Van Holden o Wilamowitz y levantarse Smith o, por qué no, Lennon o McCartney... ¡viva la autodeterminación de apellido!

Estados Unidos, meca de la Modernidad, donde todo es posible porque nadie conoce (¡y mucho menos, recuerda!) a nadie, no es el faro del mundo por una conspiración judeomasónica o una sucesión de episodios más o menos azarosos, sino porque concentra y sublima el haz de rayos inspiracionales que libera el vasto proceso que empieza a finales de la Edad Media y no tiene visos de concluir: por el contrario, redunda en los mismos vicios... y si no, basta con leer los periódicos del día y sus noticias acerca de que tal cuadro ha sido descolgado de tal museo, o tal estatua retirada de tal calle, todo en aras de un presente que sigue, patológicamente, queriéndose erigir en piedra de toque, ya no de la contemporaneidad, sino ¡de la historia entera!

Los apellidos, ¡qué antigualla! Son casi un vestigio evolutivo. Aún no me explico cómo no se ha establecido legalmente que cualquiera pueda apellidarse como guste: por el momento, se contentan con que elijas el orden, si así lo deseas... pero está al caer la “libre determinación de apellido” como un derecho humano inalienable (mucho más fácil y económico que la de género, vamos, ni punto de comparación); de hecho, si algo caracteriza a la Modernidad es la extensión de los derechos del individuo hasta el paroxismo, y el de nacer de uno mismo está al caer. ¿Qué digo? ¡Dicha aspiración ya existe! ¿No se han enterado? Tomen y lean (con acento porteño):

 

Animate a ser tu propia madre y cuidá de vos embelleciendo y expandiendo tu vida. Llevate a pasear, date tiempo y perdonate, abrazate para recordar la importancia de siempre brindarte amistad y respeto a vos misma.

Aprendé a curarte, investigando lo que te hace bien, volviendo a conectar con la tierra, con el agua, con las plantas, con el viento. Date el espacio que le pedís a los demás y el cual admirás en esas personas que te inspiran.

Celebrate, poné esa música que te energiza, ese vestido que te hace sentir hermosa y conquistadora de oportunidades y valentías. Leéte antes de dormir y arropate para descansar bien tibia.

 

¿Basura virtual? Puede ser, pero no peor que la que devora la mente del hombre posmoderno, narcotizado por un sueño de omnipotencia que parece no conocer ni reconocer límite... Pero, ¿no lo hay? ¡Por supuesto que lo hay! De hecho, a medida que avanza la investigación genómica se hace más evidente que el margen para la (re)creación individual es, prácticamente, folclórico: por muchas intervenciones de toda índole a las que nos sometamos, siempre estará ahí, impávida e irónica, la marca del ayer, el apellido de la especie, recordándonos que no somos casi nada si no en la medida en que aceptamos, humildemente, que venimos de lejos, y que únicamente en tanto receptores de una verdad ancestral podemos llegar a plantearnos, tal vez, la ambición de una nimia aportación, valiosa en sí misma pero en cualquier caso insignificante en el contexto de la colosal epopeya de la humanidad. Pero, claro, ¿quién está dispuesto, en esta nuestra sociedad crepuscular y decadente, a admitir tanta irrelevancia personal, pudiendo soñarse único, creado a y por sí mismo, sin encomendarse a Dios (el único artífice) aunque tal vez sí al diablo, su banal émulo eterno?


(Prólogo a R. Álamo (ed.), En el nombre del nombre. Decultura ediciones, Sevilla, 2022).

En defensa de la (sabia) felicidad



La cultura contemporánea libra una batalla permanente contra la felicidad. El mercado editorial así lo atestigua, difundiendo cada cierto tiempo una nueva proclama al respecto: si en 2008 la editorial Taurus publicaba Contra la felicidad. En defensa de la melancolía, de Eric G. Wilson, hace unos semanas se ha editado un libro titulado Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas (¡nada menos), de Edgar Cabanas y Eva Illouz. Pero la cosa viene de lejos. Autores celebérrimos han cargado contra la mera idea de la dicha. Gustave Flaubert, ese sempiterno amargado ante la frustración de sus propias quimeras, afirmaba: «Ser estúpido, egoísta y gozar de buena salud son los tres requisitos para ser feliz, aunque si falla la estupidez, todo está perdido». ¡Y no hablemos de Cioran, de Beckett, de Ionesco! La felicidad se ha venido a considerar, por parte de ciertos cráneos supuestamente privilegiados, como un ansia plebeya, un síntoma de escasa ambición personal, de necedad o incluso de supremo egoísmo pues, ¿quién puede ser feliz ante la mera perspectiva del dolor ajeno? Ello por no hablar de la voz de nuestra propia conciencia, que nos recuerda a cada rato que somos mortales y, por ende, nuestros logros efímeros e ilusorios… Por el contrario, manifestar tendencias melancólicas, abismarse en cavilaciones sombrías o jactarse de la propia capacidad para la tristeza constituye un pendón de victoria: los taciturnos sí conocerían la esencia auténtica de la vida, esa que los alegres y los entusiastas se empeñan en sofocar tras una mueca risueña. Por desgracia, «el hombre que sólo piensa en su sufrimiento, no se detiene a pensar en su felicidad. Si pensara también en su felicidad, vería que todas las etapas de su vida tuvieron momentos felices», como nos advirtió Fiodor Dostoyevski.

Sin embargo, no siempre ha sido así. En la cultura clásica (y entiendo por ello la que, arrancando en Grecia y Roma, llega hasta los albores del Romanticismo) se postulaba la felicidad como el más alto ideal al que podía aspirar el sabio, en cuanto paradigma eminente del ser humano. Aristóteles fundamentó toda su ética eudemonológica en este principio. San Agustín dejó escrito: «nadie es sabio si no es feliz». Spinoza y Hume la consideraban la meta natural de la humanidad. Kant, poco sospechoso de despachar fáciles concesiones a la opinión mayoritaria, sentenció: «La felicidad; más que un deseo, alegría o elección, es un deber», y ya sabemos a qué aludía el filósofo de Königsberg cuando elegía ese palabra, y no otra. Bertrand Russell o Julián Marías, ya en el siglo XX, escribieron luminosos estudios acerca de esta noción esencial para la vida humana.

Desde luego, nada tiene que ver esa felicidad clásica con lo que entiende el hombre moderno por dicha palabra, y esa me parece la clave. Mientras que la primera consiste en un estado objetivo subsiguiente a la observancia de ciertas pautas de pensamiento y de conducta (resumidas en el concepto de virtud), para el segundo se reduce a un conjunto de emociones estrictamente subjetivas, normalmente asociadas a la euforia, a la desmesura e incluso al éxtasis. Como es natural, ni el más acérrimo heredero de Baudelaire puede aspirar a vivir en un estado de permanente embriaguez; en el mejor de los casos, y aplicándose un severo régimen de adelgazamiento aspiracional, alcanzará cierta suerte de beatitud consistente en: a) la ausencia de dolor, b) la reducción de los deseos desmedidos y, en última instancia, c) la conformidad con las propias circunstancias. No en vano el gran maestro del estoicismo, nuestro cordobés universal, Séneca, afirmó: «El sabio se contenta con su suerte, sea cual sea, sin desear lo que no tiene». De esta contención de las expectativas, y de su adecuación a las reales posibilidades de materializarlas, depende en gran medida ese sano contento, tan alejado de una idea chabacana de la felicidad como satisfacción permanente y ansiosa de nuestros caprichos, y fuente de intensas descargas hormonales. (Personalmente, como John Stuart Mill, yo también «he aprendido a buscar mi felicidad limitando mis deseos en vez de satisfacerlos»).

Por supuesto, la defensa de la felicidad como noble aspiración humana nada tiene que ver con esa versión edulcorada y serializada con que tratan de narcotizarnos los mal llamados libros de autoayuda, pues si algo la caracteriza es el adoptar diversas configuraciones en función de cada individuo. No existe una receta para ser feliz porque sólo hay un modo de ser uno mismo, si puede decirse utilizando una retórica algo banal. En cualquier caso, parece claro que nada tiene que ver la dicha personal con la mera satisfacción de las meras necesidades materiales o con el fortalecimiento de un estado del bienestar que nos colmase de servicios de calidad: de hecho, los países más desarrollados son aquellos en los que se registra una mayor prevalencia de depresiones invalidantes y suicidios, y es bien conocida la aptitud de los pueblos depauperados para sentirse dichosos por el mero hecho de estar vivos. Seguramente, el choque entre la convicción de que un nivel de vida elevado nos franquea el acceso a la plenitud y la constatación de que ésta no puede reducirse a la mera gratificación material tengan gran parte de culpa en ello.

Ahora bien, que haya que mantener una sana distancia respecto a los vendedores de sucedáneos no implica que debamos impugnar la bella idea que tratan de degradar, so pena de tirar al niño con el agua de la bañera. Todo lo contrario: es ahora cuando más urgente resulta salir en defensa de un concepto tan manoseado, que corre el riesgo de volverse irreconocible. Seguramente, la actitud más inteligente será la de aplicar la prudencia a nuestras aspiraciones, moderación a nuestros apetitos y medida constante a nuestros deseos (todas aquellas virtudes estrictamente clásicas y, por tanto, bastante alejadas del común sentir contemporáneo). Así las cosas, el camino más sabio y seguro pasa por el conocimiento de los propios límites, pues sólo en la medida en que seamos capaces de saber de qué somos realmente capaces podremos aceptar sin rencores las eventuales derrotas, las inevitables pérdidas y los sempiternos chascos con que la realidad nos obsequia a cada momento. Y espero que estas palabras no sean interpretadas como lo que no son: como un nuevo intento de plantear fórmulas infalibles para ser dichoso… Por el contrario, constituyen una invitación a adentrarse en la tarea de depurar los conceptos para, así, poder empezar a avizorar ciertas soluciones a la angustia vital que parece impegnar a las sociedades opulentas. Y es que, como alertaba Schopenhauer, «el medio más seguro para no llegar a ser muy infeliz es no pretender ser muy feliz».


(Prólogo a R. Virtanen (ed.), La sonrisa de Nefertiti. Los aforistas y la felicidad. Apeadero de Aforistas, Sevilla, 2021).