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Los inveterados peligros de la discordia



Josiah Osgood, César contra Catón. La rivalidad que destruyó la República romana. Traducción de David Paradela. Madrid, Crítica, 2024. 399 págs.


¿Otro libro sobre la historia de Roma?, se preguntará el lector. ¿No está ya todo dicho, interpretado... finiquitado? Para el asiduo visitante de las mesas de novedades de las librerías, no puede haber a priori nada menos atractivo que otro-libro-sobre-la-historia-de-Roma. ¡Carne de archivo! ¡Objeto de museo! O, peor... de Wikipedia. Aparte, ¿a quién le importa ya lo que ocurrió hace, literalmente, más dos mil años? ¡Pasado pisado! ¡Vivamos en el presente! O mejor... en el futuro inmediato, que en cuanto nos descuidamos ya ha caducado para hacer sitio a la siguiente novedad, al penúltimo sobresalto de lo eternamente joven porque carece de memoria y, lo que es peor: de sentido.

Tras leer César contra Catón. La rivalidad que destruyó la República romana, y para su estupor, ese lector ávido de sorpresas e innovaciones continuas habrá constatado que no, que la historia de Roma no es “la historia de Roma”, sino de lo que aún somos, de lo que tal vez nunca dejaremos de ser. Y no sólo porque las bases de la cultura occidental son, en una medida abrumadora, romanas (y estas, en gran parte, griegas), sino porque lo que sale a la luz cuando acudimos al pasado con los ojos abiertos y las manos extendidas es, precisamente, lo que se sustrae a las épocas: la naturaleza humana, en toda su grandeza y toda su miseria, con sus luces y sus sombras, y sobre todo, con sus lecciones permanentes. Si somos capaces de prestar atención al basso continuo que sostiene la ininterrumpida sucesión de episodios singulares, al leer historia lo que estamos haciendo es... conocernos a nosotros mismos. El pasado es el mejor espejo.

En el que caso del libro que nos ocupa, asistimos a una amplia, seria, meticulosa, solvente, documentada y extenuante narración de los últimos estertores de la República romana, con el hilo conductor de la polarización creciente entre dos personajes que ya en su momento se convirtieron en auténticos símbolos: de un lado, Julio César, hombre de acción, ambicioso, epicúreo, astuto, populista, flexible como cualquiera que aspire a llegar a la cúspide del poder (o mantenerse en ella); del otro, Catón el joven, intelectual estoico, tradicionalista, defensor de las esencias de la Roma de los padres, rígido como una tabla, pero no por ello menos dispuesto a librar batalla por sus principios, a veces con tretas no demasiado honorables (como la de perorar durante horas en el Senado para impedir que se tramitase una propuesta legal). De hecho, es precisamente esta renuencia a adoptar nuevas estrategias en un contexto móvil como el de la primera mitad del siglo I a.C. –tan opuesta a la actitud de un Cicerón, que si por algo se caracterizaba era exactamente por lo contrario– lo que Josiah Osgood apenas llega a reprocharle a quien, con su suicidio, se erigiría para la posteridad en modelo perenne de integridad y coherencia. Al que, tras su victoria en Munda, llegaría a hacerse nombrar dictador perpetuo, en cambio, el autor no le reserva un trato demasiado deferente (sin duda, porque no lo merecía). En cualquier caso, las culpas son compartidas: “El empecinamiento de Catón y sus amigos había servido a César y a Pompeyo para justificar el uso de la violencia. [...] Por su parte, César, al convertir el consulado en un cargo mucho más independiente del Senado de lo que había sido nunca, erosionó la capacidad de la cámara para dirimir eventuales disputas. [...] Juntos, estaban socavando la República” (pág. 157).

Sin embargo, no hay que llamarse a engaño: contra lo que podrían dar a entender el título y el propio argumento de la obra, su tema no es tanto la confrontación entre dos individuos (por muy idiosincráticos que fueran, ¡y cómo lo eran!) cuanto el poner de manifiesto “hasta qué punto puede hacer estragos el partidismo” (pág. 22), o mejor, cómo la incapacidad para dialogar y llegar a acuerdos básicos, incluso al precio de dejarse algunos pelos en la gatera, puede acabar desencadenando peligrosas espirales dialécticas y, en no pocos casos, violencia e incluso guerras. A la postre, la moraleja de César contra Catón es que la discordia es una bestia peligrosa a la que conviene mantener encerrada bajo siete llaves, porque una vez liberada de su jaula puede acabar por devorarnos.

¿No nos resulta esta advertencia extraordinariamente familiar? Por mucho que la situación económica y social de nuestro país no sea ni remotamente comparable a la de la Roma del siglo I a. C., en no pocos aspectos en la España del siglo XXI sí se dan factores concomitantes: la corrupción institucionalizada, la cínica inmoralidad de la clase política, el uso torticero de los procedimientos administrativos y judiciales en beneficio propio, la agresividad verbal de unas élites irresponsables... Cierto es que ya no tenemos que padecer la parálisis recalcitrante de un sistema moribundo como el que sostenía la (y a la) oligarquía romana; están mal vistas la guerra como método para el saqueo sistemático de terceros países y la violencia para amedrentar al adversario político; y, sobre todo, el respeto a los derechos individuales se ha convertido en un non plus ultra de un sistema que, con todos sus múltiples defectos –y por mucho que se empeñen en afirmar lo contrario los adversarios de la democracia liberal–, sigue siendo el menos malo de los que hayamos podido padecer (¡o disfrutar!) en cualquier otro momento de la historia. Aun con todo, sí se detectan signos preocupantes de una deriva que, una vez iniciada, no es fácil detener: y, como demuestra la historia, el nuestro no es un país que se caracterice por su capacidad para apaciguar los ánimos una vez entran en combustión. Com advertía Erasmo, “impío es quien desdeña la paz” y la convivencia cívica, e irresponsable quien, jugando con el fuego de las palabras y los gestos, las pone en peligro.

Si alguna utilidad puede tener la lectura de César contra Catón, más allá de refrescar nuestros conocimientos acerca de la antigua Roma, es la de constatar que el ser humano es una criatura con una extraordinaria capacidad para cometer los mismos errores una y otra vez (sin duda, porque su naturaleza profunda es más poderosa que su capacidad de contención). Y es que, como reza el aforismo, “si el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra es porque, para él... no es la misma piedra”.


[Publicado en Culturamas]

Gravitas. Sobre la madurez


I


“Es desdichada la vejez que necesita defenderse con discursos”, escribió Cicerón en su diálogo De senectute. De la gravedad de la edad madura, no dijo nada.


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Isidoro de Sevilla calificaba de gravitas la edad de la vida humana ubicada entre los cincuenta y los setenta. Es la época del justo aplomo, equidistante tanto de la volubilidad de la juventud como de la parálisis de la senectud: un paraíso que, para mi perplejidad, muchos contemporáneos viven como un purgatorio.


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En la sempiterna querella entre jóvenes y viejos, los maduros (los graves) somos los grandes olvidados... lo cual aprovechamos para obtener la máxima ventaja de pasar injustamente desapercibidos.


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Un maduro digno de tal nombre “ni teme, ni desea”. Es el suyo un equilibrio natural, modelado por los golpes. 


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Si de alguna pérdida se puede jactar el hombre maduro es de que, despechada, la vehemencia le haya abandonado.



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El hombre maduro aún conserva el brío de antaño pero mantiene a raya la pesadez que le espera; si administra sabiamente las energías que le quedan, puede considerar la suya como la auténtica edad de oro.

 

II


“Puer senex”: viejoven, lo calificamos hoy. Aquel que, teniendo pocos años, querría atesorarlos todos.


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Jesús ante los doctores.- Siendo aún adolescente, Sus enseñanzas ya maravillaron a quienes veneraban, ante todo, el peso de la tradición. En el fondo de sus corazones ya intuían que, para quien viene de la eternidad y nos devuelve a ella, no puede ser rehén de la cronología del mundo.


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No hay nada que más abochorne a un joven que contemplar a un anciano comportándose de manera ligera, despreocupada, poco ejemplar. En el fondo, lo que aquel busca en este es un contrapeso para evitar que se hunda la barca común de la especie (para la cual son tan útiles los que están como los que vienen).


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Para respetar a un anciano, el joven necesita percibir que este juega en otra liga (por supuesto, superior); para compinches y aliados, ya dispone de sus coetáneos.


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En el siglo XVIII, los jóvenes se empolvaban la peluca para hacerse acreedores de un respeto que era consustancial al ejercicio del poder. En el siglo XXI, cuando la juventud a duras penas logra ejercerlo en ningún ámbito de la sociedad, ¿para qué se tiñen el pelo quienes peinan canas?


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El joven desprecia la madurez como la zorra de la fábula las uvas: porque no le queda a mano.

 

III


“¡Oh, vejez temida en vano por los mortales, edad dichosa cuando se la conoce! No merece llegar a ti quien te teme; no merece llegar quien te acusa”, escribió Petrarca en una carta fechada en 1366. La vigencia de su dictamen revela que, alcanzada cierta perspectiva, todos los hombres de todas las épocas cojeamos del mismo pie.


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Dejó escribo el humanista sevillano Sebastián Fox Morcillo en su diálogo Sobre la juventud (1556): “Si atribuimos el uso de la recta razón no menos al joven que al viejo y pueden con el mismo buen sentido moderar el ímpetu de los placeres, nada puede haber más festivo, nada más elegante, ni más honesto que la juventud”. El problema, amigo hispalense, es que en el siglo XXI nadie quiere moderar el ímpetu, y menos aún... el de los placeres.


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El fascismo italiano, el nazismo alemán, la revolución cultural china... Los mayores oprobios del siglo XX los protagonizaron ardientes jóvenes a quienes sus instintos básicos y sus flamígeras pasiones les jugaron una mala pasada.


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“Si a los viejos les gusta dar buenos consejos es para consolarse por no poder brindar ya malos ejemplos”, escribió con cierta malicia Chamfort. Poder, sí pueden, y a espuertas; lo que ocurre es que ahora ya conocen el coste.


IV


El paso de los años acercan al creyente a la vida eterna; al incrédulo, a la nada. Se comprende que aquellos vivan su paso con creciente alborozo y estos, arrastrando los pies.


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Una sociedad para la cual nada nos espera tras perder su vida el cuerpo puede llamarse, justamente, desalmada.


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No es raro que, incluso en un mundo desacralizado, para ponderar el entusiasmo que conservamos en nuestro fuero interno los graves tengamos que presumir de un “espíritu” joven. 


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El alma no tiene edad: su ámbito propio es atemporal. Para el cuerpo, por el contrario todo es cambio, impermanencia... muerte al fin. Si el hombre espiritual se ríe de la Parca (cuya misma existencia pone en la picota), el material le implora clemencia... por supuesto, en vano.


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Para admitir la inmortalidad del alma frente al carácter perecedero del cuerpo no hay que abrazar postulados religiosos; basta con recordar a Platón o a Cicerón, no en vano esenciales en la forja del humanismo cristiano. 


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“¡Luz, más luz!”, profirió Goethe antes de dejarnos. Con ello demostraba su sabiduría: no se le ocurrió pedir más tiempo.



CODA


Aprende de la fruta, cuya sazón sigue a la verde acritud y precede a la apestosa podredumbre.



[Publicado en la revista digital ENTRELETRAS]

 


Pensamiento estroboscópico. El aforismo como método filosófico



Un aforismo no es una frase. Es su condición de posibilidad.



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El cosmos empezó por un aforismo. Si bastaron unas pocas palabras para que se hiciera la luz, ¿qué más necesitamos para entender la lección?



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Habituados al sistema, amparados por su ambición, desechamos otros métodos. Pero el pensamiento tiene caminos que la filosofía casi nunca ha transitado. El aforismo es uno de los más eficientes. Y, lo que es más importante, ya desde el principio de los tiempos.



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Si Wittgenstein pudo componer el Tractatus empleando como método exclusivamente el aforismo, el argumento de autoridad al menos lo tenemos cubierto. (Wagensberg tomó el testigo y prosiguió la indagación).



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Así como hay filósofos contemplativos e inquisitos, analíticos y sintéticos, existe el aforista activo y el pasivo.



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Un aforista pasivo lleva un pararrayos en la cabeza, rezando por que impacte la idea de lleno en ella. Un aforista activo se adentra en la noche con el flash como única arma.



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Un aforista pasivo toma nota de lo que, con suerte, le acaece. Un aforista activo hace acaecer el pensamiento ante una realidad inerte.



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Hay que hacerse acreedor de la gracia del aforismo con el humilde tesón de la libélula.



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Pensamiento estroboscópico: iluminando fugazmente un aspecto de un tema, bañarlo de eternidad conceptual.



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Como un dron, sobrevuelo dando rodeos el núcleo de mi propósito. 



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También es posible hacer durar una mirada parpadeando a conciencia.



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Acribillar una superficie maciza como el mundo para que la traspase la luz de la verdad.



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El aforismo es un coladero: todo rendija, no hay palabra que no lo atraviese y lo deje vibrando.



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Con el punzón del aforismo, el muro del concepto deviene plenamente poroso.



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Como el saltimbanqui, el aforista puede cubrir enormes distancias apoyándose en el suelo únicamente de manera ocasional.



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Para coronar altas cumbres es preciso dar pasos muy pequeños, prácticamente infinitesimales. Así se conduce el aforista respecto a una verdad cualquiera.



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Un aforista sentencioso, en pleno siglo XXI, suscita hilaridad. También uno exhaustivo y sistemático. No así uno oracular, que por su propia vocación entrevista conserva el espíritu ancestral de la sibila.



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El oráculo es la semilla de la revelación retardada.



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El oráculo no dice lo que dice y dice lo que no dice.



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El oráculo va y viene, viene y va, sin moverse de donde siempre se encuentra.



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El ensayista es un aforista frustrado.



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El aforista es un ensayista que golpea la campana y deja al lector resonando.



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El aforista es ese niño que pulsa el timbre y sale corriendo.



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El ensayista es meticuloso; el aforista, concienzudo.



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Un ensayo es un mapa plano; el aforismo, puntual.



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No hay escritor más puntilloso que un aforista.



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Un auténtico filósofo podría pasar una vida entera tratando de abarcar todo lo que encierra un auténtico aforismo.



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La filosofía que no cabe en un aforismo... no lo hará jamás en cabeza alguna.



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El agua que lentamente reúne el ensayista, el aforista la irriga de un solo gesto certero.



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Como la piedra arrojada al estanque, una vez escrito el aforismo se va alejando del autor, llevándose al lector con él.



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La síntesis es la cortesía del aforista; el análisis, el desplante del lector.



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Si un aforismo no te deja en ascuas, no es más que una frase.



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Podría escribir mil frases de una sentada (de hecho, ya hay quien lo ha hecho), pero sólo merecerían el calificativo de aforismos si se avienen a convivir en el interior de una sola de ellas.



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No hay nada más locuaz que un aforismo que sale corriendo cuando crees que lo has entendido.



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El aforismo; hambre anticipada.



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¿Filosofía del aforismo? Filosofía en aforismos.



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El método del aforismo sólo es eficaz si se ejerce aforísticamente.


 


(Publicado en Aforistas 2024)

En el vértigo del asombro. Sobre la paternidad


A despecho de lo que proclama la ideología dominante en el siglo XXI, el padre (el real, el de carne y hueso; al que si pinchas, sangra) no es el gran beneficiado histórico del “patriarcado”, sino su primera víctima. Su figura fantasmal, a pesar de detentar todos los poderes formales y materiales, aparece despojado de cualquier otra extensión en el ámbito de los afectos y de las emociones. Se diría que la autoridad que le concede la ley se la niega el corazón. Tan remoto resultaba que, para recobrar el contacto con sus criaturas, el Padre bíblico tuvo que enviarnos a su Hijo (aunque fuese al coste de relegar a José, el carpintero, a mero pasmarote de un evento que le sobrepasaba). La hegemonía pública del padre a lo largo de nuestra historia le ha supuesto la práctica desaparición del orden de lo privado: los padres no cocinaban, no tendían la ropa, no cosían, no cambiaban pañales… en el mejor de los casos, arreglaban algún que otro grifo o cambiaban los fusibles si se fundían los plomos. Ah, también detentaba el monopolio de la violencia (salvedad hecha de la maternal zapatilla voladora).

Esto, por suerte para todos, ya ha cambiado. Los hombres también nos hemos liberado del patriarcado (aunque esta sea una revolución de la que apenas nadie habla, quizás porque las auténticas transformaciones sociales son mudas). Hemos aprendido a cocinar -para nosotros y también para otros-, a hacer la colada, a llevar una casa… de acuerdo, a coser no, pero eso tampoco saben hacerlo la mayoría de las mujeres de nuestra época. Por desgracia, también hemos dejado de arreglar grifos (no se puede hacer todo). Pero, por encima de cualquier otra cosa, hemos descubierto la paternidad: la auténtica, no la nominal. En el siglo XXI, (la mayoría de) los hombres, al fin, ya somos padres en el sentido más entrañable del término: entregados, responsables, sacrificados. Cierto es que crece el número de los eunucos, y no son pocos los “ausentes” que ni están, ni se les espera. Pero lo que resulta innegable es que, quizás por primera vez en la historia de la humanidad, los padres comparecemos en público como personas y no como meros símbolos.

Esta metamorfosis del padre ha obtenido cierto eco en los últimos tiempos también en los medios literarios de nuestro país. Autores como Sergio del Molino, Jesús Cotta o Juan Soto Ivars han manifestado por escrito y sin ambages la importancia crucial que ha tenido para ellos la paternidad, ya no sólo en términos estrictamente íntimos, sino cósmicos: el ser padre les (nos) ha supuesto una auténtica epifanía de la más plena humanidad. Personalmente, atesoro en mi memoria las observaciones que un Elias Canetti o un Peter Handke plasmaron en sus cuadernos de apuntes en el mismo sentido. Yo mismo tuve el privilegio de preparar una antología de textos sobre el tema, titulada Fili Mei. Los aforistas y la paternidad, en la cual los autores desarrollaban, cada cual a su manera, una idea común: la de que acompañar, proteger y ayudar a crecer a esa persona a cuya llegada al mundo has contribuido, al menos, en alícuota responsabilidad con su gestante (pues no olvidemos que un hijo no es “una parte del cuerpo de su madre”, sino un ser digno de amor y respeto desde el primer minuto), no es una experiencia cualquiera, equiparable a la de vivir con un gato o con un loro: no, la paternidad es un desafío antropológico extremadamente denso en significados existenciales, pues te obliga sin cesar a vivir tu propia vida “en el vértigo del asombro” ante la ajena: y quien no lo afronta y asume, sin duda comprende menos su ubicación en el mundo que quienes, mejor o peor, sí lo estamos haciendo.

En este contexto, la publicación de El descampado de las urracas, del escritor Aníbal Cristobo, constituye un nuevo eslabón en esta cadena que se alarga cada día que pasa. Leyendo los textos que componen el libro (tanto poemas como prosas poéticas y apuntes de diario), asistimos a la intrépida peripecia de un hombre que, en cuanto padre primerizo, se reconoce sentirse “guiado por su hija” en el descubrimiento del mejor modo de ejercer su propia responsabilidad (que es suya y solo suya: aquí no se admiten las delegaciones). Son estampas cotidianas plenas de esos microsignificados gracias a los cuales es cómo los humanos realmente asumimos las macroverdades: anécdotas de apariencia anodina -un cumpleaños infantil, una visita a la biblioteca-, pero que son las que van tejiendo una malla de revelaciones suculentas para un ojo alerta (ese “estar atento” del que habla el poeta) y una mano diestra, siempre dudando entre transcribirlo todo, por su precioso valor, o decantarlo para que resulte más eficiente su conmemoración. Ese intento de “captar el instante” que todos los padres soñamos con preservar de la usura del tiempo es lo que sostiene El descampado de las urracas: un esfuerzo hercúleo, en su modestia, por tratar de olvidar que ese pedacito de vida plena que compartimos con nuestras hijas, cuando eran niñas, siempre está “listo para ser arrasado”. Tal vez nos hayamos quedado con ganas de más (¡cuántas cosas habrán compartido de las que nunca tendremos noticia!), pero con el breve extracto que ha dado a la imprenta, el autor realiza una importante contribución a la lenta e inexorable incorporación de la figura del padre a la literatura, con todos los honores que hasta ahora se le han venido negando.

Morir en lo cierto. Aforismos sobre el saber




El hombre sabe. El animal hace.

El hombre sabe lo que hace. El animal hace lo que sabe.

El hombre sabe que sabe lo que hace…


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Saber no es tener noticia.


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La mera acumulación de información no trasciende nunca en sabiduría.


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Saber: hacerse consciente.


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El auténtico saber pasa necesariamente por saberse.


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Saber es poder… siempre que no se abuse de él. (De lo contrario, es oprobio).


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Si los sabios tienden a la contemplación es porque comprenden las razones.


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El saber introduce entre las cosas y las personas una distancia entrañable.


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Saber nos hace cómplices.


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El verdadero saber no es más teórico que práctico, pero sí más autorreflexivo que meramente proactivo.


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La única síntesis equilibrada entre el ser y el hacer es la praxis bien entendida.


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El saber que bien hace, bien merece el nombre de arte.


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La diferencia entre el arte y la artesanía es que ésta no ve más allá de lo que tiene en mente y entre manos.


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El arte emite luz, la artesanía la refleja.


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El saber es fértil por naturaleza y estéril por elección.


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¿Vivir por y para el saber? Algo tan bello y gratuito como el inocente juego de los niños.


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La sabiduría tiene algo de impersonal, pero sólo prospera si se encarna en un individuo concreto.


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El sabio es como el fotógrafo: su éxito depende de la correcta elección de la perspectiva (y ésta, de la propia ubicación respecto al objeto).


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Si quien acumula sabiduría, acumula dolor, es porque no impregna el conocimiento con el bálsamo del amor.


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Incluso el sabio que se retira para pensar en lo más profundo del bosque está incrementando, sin saberlo, el conocimiento del hombre acerca del mundo.


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Sólo sabemos realmente si sabemos lo que estamos haciendo; de lo contrario, no se diferencian mucho la ignorancia y el conocimiento.


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Saber lo que se sabe y lo que se debería llegar a saber… y arrojarlo a los pies de lo que se sabe que nunca llegará a saberse.


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La vocación del hombre es vivir aprendiendo para poder llegar a morir en lo cierto.


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(Publicado en Culturamas, 14 de agosto de 2024)

Feritas, humanitas, divinitas



[PRÓLOGO DEL LIBRO]

Desde Platón y Aristóteles hasta Javier García Gibert y Jesús Cotta, la propuesta humanista ha permanecido prácticamente invariable a lo largo de dos milenios y medio: el hombre, criatura singular en el cosmos, dual en su composición (cuerpo y alma, materia y espíritu), síntesis de lo alto y lo bajo, vive en un equilibrio precario, pues por un lado la gravidez de la tierra tira de él hacia abajo, y por otro la gracia del cielo le succiona hacia arriba, de manera que de su libre elección dependerá si claudica y regresa a la animalidad (feritas), con la cual comparte instintos y pasiones, o se yergue y endereza sus pasos hacia el Creador, al que le debe la razón y las virtudes (divinitas).

Sin diferencias esenciales entre ambos, paganos y cristianos (humanos por vocación pero sobre todo por elección) comparten una perspectiva de la existencia vertical, jerárquica, en la cual el individuo arrostra la responsabilidad intransferible de dirimir si se arrastra o levita, se asemeja a las bestias o a los ángeles; una estructura ontológica cualitativa que queda subvertida con la Modernidad, donde la horizontalidad se impone y la historia se erige en juez único del hombre y de la sociedad.

Esta renuncia a las alturas no es gratuita: acarrea una equiparación inevitable entre todas las criaturas, pues no quedan instancias morales, intelectuales o espirituales a las que apelar; el humano ya es un ser entre los demás, sin más derechos que ellos y, lo que resulta escalofriante, carente de una misión específica. Reducido a mero amasijo de hormonas y neuronas, sin otra meta aparte de garantizar la supervivencia de la especie, despojado de cualquier promesa de trascendencia, queda el hombre abandonado a sus impulsos primarios, como los ratones o las cucarachas. Las consecuencias a la vista están: vuelve la ley de la selva, el violento todos contra todos, y cunde la desesperación (en su doble faz: la de la abisal depresión y la de la diversión desaforada), mientras las mascotas ocupan sin ningún esfuerzo el lugar de nuestros semejantes: ¿por qué no, si para el antihumanismo todos los seres vivos somos... iguales?

Ante este panorama, se impone desandar el camino, volver a la encrucijada (la “Y”) en que Occidente decidió elegir la senda incorrecta –la que le alejaba del cielo para aplastarlo contra el suelo– y retomar los principios del humanismo clásico: ese que, aliando cultura clásica y cristianismo, puso al hombre ante el espejo de su propia dignidad. Para ello, reunir en una antología algunos pasajes excelentes de la tradición humanista quiere y puede servir para refrescar una memoria emborronada por la vana erudición y la divulgación mal entendida: en una época en que a los clásicos se les malversa para usos meramente lúdicos o decorativos, enfatizar su valor como estandartes morales, intelectuales y espirituales no es poca cosa.

Todo comienza con Platón y Aristóteles, prosigue con Cicerón y Séneca y perdura con la Patrística cristiana (Lactancio, Nemesio de Émesa, San Agustín), forjadores todos ellos de los grandes conceptos del humanismo clásico (el de alma, el de virtud, el de sumo bien, el de libro albedrío) y cartógrafos de las variadas rutas que pueden orientar al individuo –instancia fundamental de la cultura occidental– en las procelosas aguas de la existencia.

Los humanistas del Renacimiento reavivan la conciencia de continuidad de dicha tradición y, gracias a sus aptitudes retóricas y oratorias (muy evidentes en los casos de Pico della Mirandola, de Juan Luis Vives o de Ambroise Paré), reincorporan sus grandes referentes también a la vida cívica y política. Con el paréntesis entre prudente y escéptico del barroco (aquí, Gracián brinda un oportuno contrapunto al optimismo desbordante de sus inmediatos antecesores), Kant y sus herederos románticos, representados en la antología por Schiller y Fichte, toman el testigo del humanismo despojándolo de su terminología clásica aunque preservando su espíritu esencial. Con todo y con eso, aún es posible constatar la pervivencia en plena Modernidad de adalides de la versión ortodoxa del humanismo, como queda demostrado en el caso de Juan Pablo Forner.

La generalización, durante los siglos XIX y XX, del paradigma científico en las ciencias humanas tuvo un impacto desastroso para el humanismo clásico, más preocupado por la prescripción que por la descripción (y aquí las aportaciones de la antropología filosófica resultan sumamente ilustrativas); la reflexión queda entonces confinada en los márgenes de un ensayismo siempre amenazado de incurrir en graves inconsistencias, cuando no en la inanidad narcisista. En cualquier caso, nombres como los de Ortega y Gasset, Arendt, Zambrano, Jaspers, Camus o Steiner mantuvieron viva la llama de un humanismo de resistencia, el único posible en tiempos de penuria.

El siglo XXI, con la irrupción de dos fuerzas antagónicas aunque concurrentes en su vocación antihumanista (me refiero al animalismo y al transhumanismo), activa una auténtica emergencia civilizatoria que pasa por la restauración de la continuidad perdida con la gran tradición cultural de Occidente, de la cual en este libro se recuerdan algunos de sus grandes hitos. Las palabras de algunos de nuestros contemporáneos aquí reproducidas (Ayllón, García Gibert, Cotta) resuenan poderosamente como aldabonazos en los adormecidos oídos del presente, desvelando la vigencia inmarcesible de un legado cuyo valor nunca dejaremos de ponderar como merece. Y es que sólo rememorando aquello que fuimos porque lo sabíamos podremos recobrar la conciencia de lo que siempre seremos, aunque lo hayamos olvidado.

Para la edición de Vida y costumbres del humanista, de Juan Luis Vives



Aunque la figura de Juan Luis Vives goza en la actualidad de un indudable reconocimiento y su obra ha sido publicada con el rigor y la minuciosidad que merece, es dudoso que sus principales aportaciones a la historia del pensamiento hayan pasado a formar parte del acervo común (destino natural, y deseable, de cualquier humanista que se precie). Por el contrario, apenas se le reconoce su papel en la forja de ciertos conceptos genéricos en materia de pedagogía, psicología y servicios sociales, mientras que permanecen en la sombra otros de carácter filosófico y teológico de indudable interés intrínseco. Esto resulta alarmante en lo concerniente a propuestas netamente vivistas: me refiero a aquellas que apuestan por un saber comprometido con la vida que se nos antojan de gran actualidad, pues si algo se ha perdido en la Modernidad ha sido, justamente, la alianza indisoluble que caracteriza el auténtico humanismo entre teoría y práctica, reflexión y acción, filosofía y moral. Con las críticas kantianas se sanciona la drástica separación entre los ámbitos propios del hombre... y de aquellos polvos, estos lodos de los que hoy en día nos lamentamos muchos, con una erudición estéril para la vida coexistiendo espalda con espalda con una sociedad desnortada, irreflexiva, para la cual el conocimiento ha perdido cualquier densidad existencial quedando confinado entre los muros de una academia más preocupada por producir papers que por contribuir a la mejora de la sociedad a la que pertenece. Bien es verdad que, en la época de Vives, tampoco la universidad era un semillero de ideas humanistas, y hay quien postula que el perfil de esta instituición le inhabilita para asumir el protagonismo en dicho ámbito. Sea como fuere, siguen siendo pertinentes los llamamientos de los humanistas del pasado para aunar los saberes y ponerlos al servicio de la mejora integral de las personas, y no sólo en el orden material, sino intelectual, espiritual y moral.

En este contexto, unas páginas como las que ahora se reeditan (el capítulo final de Sobre las disciplinas) pueden aportar útiles perspectivas en el debate en torno a la función del intelectual en una sociedad abierta, así como incidir en su perfil ético centrado en valores poco vigentes en nuestra época: humildad, bonhomía, generosidad, unidos a la capacidad de aceptar las propias limitaciones y de aceptar los hallazgos ajenos, no son frecuentes entre nuestros investigadores y docentes, urgidos a una competitividad impropia de un mundo en el que deberían imperar los afanes cooperativos y, sí, fraternales. De hecho, el humanismo cristiano que impregna las páginas que siguen vuelve a mostrarlo como el paradigma capaz de aunar de nuevo todo aquello que la Modernidad ha separado, con su secularismo desaforado y su aversión a una trascendencia sin la cual, cabe admitirlo ya, el ser humano pierde la capacidad de percibirse como lo que es: una criatura eminente, ontológicamente superior al cosmos en el que nace, crece, se reproduce y muere, y destinada a esas “altas metas” a las que apelaba Cicerón y que para las cuales los humanistas nos sabemos indefectiblemente llamados.


Más seso y menos frentes


Lo están haciendo otra vez: como en los años treinta del siglo pasado, los extremismos (“la ultraderecha” y “el espacio a la izquierda de la izquierda”, ¡ominoso eufemismo!) quieren arrastrar a las democracias liberales, las únicas dignas de ese nombre -las “populares” son dictaduras manifiestas- a un nuevo enfrentamiento abierto, y quién sabe si violento.

El terreno, en España, fue pacientemente abonado por ciertos agentes de la agitación (que ahora se limitan a preparar cócteles sin mecha en tabernas de mala suerte), los cuales activaron una mostrenca y artificiosa “alerta antifascista” quién sabe si por miedo o si por puro deseo de que se hiciera espantosa realidad. Ahora, por fin, pueden frotarse abiertamente las manos ante la evidencia de que viene, de que llega, de que ya está aquí, ¡justo por lo que tanto habían suspirado! Un enemigo execrable contra el cual poder alzarse como barrera, escudo, muralla…

Que los que detentan el poder o aspiran a él necesitan polarizar a la población para cosechar adhesiones inquebrantables es tan antiguo que apesta a descarnada posmodernidad, donde los sofistas -como en la Atenas clásica- hacen fortuna pergeñando eslóganes y consignas sólo aptas para sus propias huestes descerebradas; ¡o yo, o el diluvio! Absolutismo de libro.

En este contexto, quienes salen perdiendo (siempre lo hacen) son los adorables matices, los grises suntuosos -hay miles de ellos), en suma: la civilización. Sacrificar los tonos medios en aras de la disciplina ideológica nos devuelve, ya no a las cavernas, sino a los árboles… de donde algunos no deben haber bajado, a tenor de la facilidad con que se dejan domeñar por sus bajos instintos. Facciones, sectas, partidismos: refugio de involución. El auténtico progreso (que es intelectual y espiritual, jamás material y mucho menos técnico) exige encuentros y no encontronazos; acordes y no desacuerdos.  Un supuesto avance que pasa por demonizar al que discrepa merece el nombre de retroceso; y, por desgracia, quienes más se jactan de mirar siempre hacia adelante lo hacen al volante de una apisonadora…

En este contexto de cainismos creados y alimentados por  las élites -siempre ha sido así: por la cuenta que le trae, el pueblo llano es conciliador- cabe apelar a la inmensa mayoría no polarizada, la que se entiende porque le conviene y porque nada ganará enzarzándose en batallas que sólo aportan réditos a los de siempre. Ha llegado la hora de que alcemos la voz esa bolsa gigantesca de personas que no votamos porque nos negamos a participar en el patético espectáculo de dos pugilatos simulados (pues, como todos sabemos, únicamente hay una casta: la que siempre gana, se ponga un uniforme o el contrario). No estamos dispuestos a que los dementes de uno y otro bando nos arrastren a una nueva conflagración violenta. Nos negamos a que cancelen nuestra capacidad de argumentar libremente, y de poner sobre la mesa tesis, antítesis y síntesis verosímiles sólo porque nos podrían afiliar al ejército equivocado. No vamos a tolerar que los intolerantes de una y otra cuerda nos ahorquen con su estrechez de miras, su mentalidad angosta, su claustrofílica tendencia a encerrarnos en guetos por mor de una idea, una palabra, un ademán.

La ciudadanía soberana, la que sí piensa por sí misma y no en virtud del argumentario propalado por los poderosos y sus medios afines, tenemos la ocasión de detener esta deriva apostando por la sensatez, la escucha, el contraste apacible de pareces, en fin: por el ejercicio de las libertades civiles que -no lo olvidemos nunca- fueron un hito de la humanidad liderada por Occidente, ahora de nuevo en la picota por mor de intereses mezquinos, particularismos execrables y ancestrales conductas que no merecen prosperar… ahora, menos que nunca.


(Publicado en Culturamas)

La isla de la persuasión. Para comprender a los humanistas del Renacimiento

 



Cuando nos disponemos a evaluar la obra de los humanistas del Renacimiento, enseguida constatamos que no son de aplicación los parámetros que solemos utilizar para dicho fin; sus inclinaciones, sus aversiones y también su carácter –en muchas ocasiones, vehemente y apasionado– determinan una escritura que elude las categorías usuales y que nos exige, para comprenderla, una disposición distinta. Ya no les podremos exigir la claridad y congruencia que solemos asociar con las obras filosóficas, en el sentido clásico; aceptaremos que la argumentación fluya por unos vericuetos no siempre consistentes, en aras de un imperativo supremo –la persuasión– que ni en la tradición anterior (aristotélica y tomista, con su agotadora pasión por las clasificaciones y la coherencia sistemática) ni en la inmediatamente posterior (de Descartes en adelante) será percibida como un valor en sí misma. Por el contrario, el humanismo renacentista emerge como una isla –similar a la que, en otros tiempos, habitaron los sofistas o los oradores romanos, con Cicerón a la cabeza­– donde la verdad es objeto de una infinita maleabilidad (ojo, no hablo de relativismo) fruto del modo en que se busca y se expone. De ahí que los formatos preferidos por los humanistas (el discurso, la epístola y, de manera preeminente, el diálogo) conlleven un criterio de validez alejado del severo escrutinio racional, que parece repelerles no sólo por árido sino también por estéril, para entregarse a una deambulación intelectual que juguetea, baila y se metamorfosea ante nuestros atónitos ojos, acostumbrados a la solemne procesión de premisas y deducciones. Incluso la propia estructura retórica de las obras más ceremoniosas –la cual va cobrando rigidez a medida que avanzan las décadas– a duras penas consigue disimular cierta naturaleza capciosa. Estas características resultan especialmente patentes en ciertos autores y en determinadas obras, como en el De vero bono de Lorenzo Valla o en los Coloquios de Erasmo de Rotterdam, cuya morfología oral, de estirpe ciceroniana, oculta una entraña dramática, incluso novelesca (cuyo testigo recibirá nuestro Miguel de Cervantes). En ciertas ocasiones, leyéndoles parece estar uno asistiendo a la representación de una obra de Óscar Wilde, menos por el barniz humorístico que por su distanciamiento permanente respecto a la posibilidad de alcanzar una solución plenamente satisfactoria para el ansia de certezas características de los espíritus racionalistas. Para los humanistas, la verdad humana es demasiado humilde y entreñable como para permitir que caiga en las garras del impávido análisis; conocida es la repulsión que experimentaron, desde Petrarca hasta Vives, por la pretensión escolástica de alcanzar mediante la fría razón los umbrales de la mismísima certeza absoluta. Esta es una aspiración recurrente en la historia de la cultura occidental que alcanzará su culminación apoteósica con Hegel, quien no en vano negaba a los autores del Renacimiento cualquier credencial filosófica; y, bien pensado, no le faltaba razón: si por filosofía se entiende el ejercicio exento, casi maquinal, de una racionalidad despojada e incluso enemiga de cualquier otra dimensión humana, los humanistas no fueron filósofos, sino más bien modestos pensadores cuya pretensión era comprender cómo somos, qué hacemos aquí y cómo debemos conducirnos para no caer en la barbarie. En cierto sentido, esta actitud es la que encontramos en los Ensayos de Michel de Montaigne, si bien con unas connotaciones y desarrollos que no podemos analizar aquí. Sea como fuere, resulta imperioso el asumir que, cuando nos acercamos a la obra de los humanistas del Renacimiento, es preciso deponer ciertos automatismos interpretativos, so pena de quedarnos, literalmente... a dos velas.


Reseña de Parpadeos, de Andrés Rábago


Parpadeos es un libro que puede llamar a engaño, especialmente por el prólogo que, brillantemente, ha escrito para él Basilio Baltasar a modo de presentación. Y es que, a despecho de su apariencia (frases breves y, con frecuencia, contundentes como suelen serlo los aforismos en su versión más reconocible), en realidad nos encontramos ante un cuaderno de apuntes en toda regla, en la estirpe de la que han escrito, en algún momento, muchos artistas, y no sólo plásticos. De hecho, es en dicho espacio donde el género más breve, en su acepción moderna, fue creciendo hasta emanciparse y convertirse en lo que ahora es. Cierto es que la expresión pulida y depurada de las 705 notas que componen el volumen -primorosamente editado por Taurus- le confiere al conjunto una impresión que en un primer momento nos puede despistar; pero basta con adentrarse en su lectura para constatar que se trata de algo sustancialmente distinto. Veamos qué.

Ante todo, nos encontramos ante un auténtico "espejo a lo largo del camino" en el cual Andrés Rábago (ortónimo del genial El Roto) consigna sus reflexiones, ocurrencias, juicios sumarísimos, invectivas, valoraciones y opiniones personales que se le antojan al hilo de los días. Ocupan el grueso del volumen aquellas notas que dedica a su propia disciplina, la pintura, donde alcanza un nivel de hondura y penetración muy estimable. Escribe: "Pintar para que el que vea perciba y el que perciba conozca" (169) porque "el placer estético es un placer menor frente al placer del entendimiento" (275); "Por la ventana del cuadro penetra la luz de lo que está mucho más allá de él" (91); "La tela en blanco tiene algo de embrión congelado" (247); "El dibujo es un árbol deshojado del que intuyes su belleza en primavera" (354); "El artista establece las causas, las consecuencias pertenecen al espectador" (400); "Cuando el hiperrealismo pinta una serpiente, en general sólo acierta a pintar su camisa" (569)... Intercalados, comparecen sus dictámenes acerca de otros pintores, especialmente desfavorables en lo que atañe a sus contemporáneos, mientras que sobreabundan las críticas respecto al mercado del arte, al público que lo consume y a la sociedad en la que nos encontramos.

Frente a la banalidad que nos circunda, la pintura se erige en un espacio ungido por una sacralidad específica: "El estudio no es para mí un centro de trabajo, sino de oración" (301); "Parpadeo: durante un instante, me pareció ver una luz sagrada. ¿Dónde estuve?" (387); "Todo cuadro, de ser cierto, es una revelación, una manifestación de una inteligencia sin nombre ni rostro, sólo bruma y calor" (365)... Esta comprensión del arte como último reducto de lo sagrado es de estirpe romántica, claro está, pero ello no le resta ni un ápice de su actualidad, al revés, muestra que en el ámbito en el que se mueve Rábago rige la "atemporalidad" (concepto que dice preferir al de eternidad, por estimar este último limitante) y que lo excelso trasciende las épocas. En estas consideraciones estimo que van a sentirse especialmente interesados los aforistas españoles actuales que también cultivan la pintura -y a quienes recomiendo la lectura de este libro-, caso de José Mateos, Florencio Luque, Juan Manuel Uría, José María Benítez Ariza o Javier Recas. Lo que sí llama la atención es la ausencia a cualquier alusión a otro pintor español, también escritor, con el cual comparte Rábago la visión del arte; me refiero, claro está, a Ramón Gaya; baste un ejemplo de este último: "El arte verdadero está unido a lo sagrado, como la vida misma". Tampoco es ocioso recordar aquí el magistral libro de aforismos que Antonio Cabrera consagró a la pintura, Gracias, distancia, los Apuntes sobre pintura de Juan Manuel Uría o las 5.000 veces pintura de Rosendo Cid

Posee Parpadeos un componente marcadamente confesional que, a tenor de la provecta edad de su autor, personalmente me desconcierta y ruboriza; así, afirma sin rebozo: "He tenido que llegar a viejo para saber un poco, pero ya no me queda tiempo para que ese poco que sé me sirva para algo" (483)... "Cuando no estoy en el estudio, soy un rey en el exilio" (559)... "Sé que avanzo, pero no sé por dónde ni hacia dónde, y no siempre en lo que hago encuentro una pista" (645)... "Conociendo mi habitual torpeza, me asombra que a veces aparezca algo que me parece bueno. ¿Quién lo hará?" (657); "Me preocupa no saberme ganar la otra vida" (491);  "Si fuese capaz de superar todas mis torpezas en lo que hago, quizá lo que hiciese ya no sería tan mío" (594)... Aunque sé que, como afirma Ramón Eder, "Está bien introducir el ‘yo’ en los aforismos para saber que nos habla alguien, no la frígida sabiduría", no me siento cómodo ante la exposición descarnada de las zozobras interiores del prójimo; como lector, soy bastante apolíneo y, a contracorriente de los gustos imperantes -propiciados por la amplia estirpe de pavesianos, pessoanos y cioranianos en ejercicio-, percibo con mayor acuidad la intimidad de los demás cuando esta se vela que cuando se desnuda. Ocurre, sin embargo, que Rábago -como buen romántico- estima que "Todo está en la realidad y toda la realidad está en uno mismo" (84) y que "Mis fuentes pueden estar fuera de mí, pero el manantial siempre está en mí" (665); por ello, no sorprende su perplejidad y repulsión ante los elogios que se le deparan (que vive como una forma de expolio), o la recurrente preocupación -un tanto adolescente, para mi gusto- por el juicio que puedan merecer sus obras, incluso cuando se disfraza de una estentórea indiferencia.

Salpimientan el libro, aquí y allá, aforismos de hechura convencional que, para un lector avezado, no resultarán especialmente llamativos, sin dejar de mostrar una factura impecable: "La luz, vista desde fuera, deslumbra; vista desde dentro, ilumina" (33); "Una buena idea: aquella que mantiene su misterio al exponerla" (84); "A los humanos no nos es dado crear, como mucho podemos aspirar a combinar lo ya creado" (133); "La seguridad no es fiable, sólo la duda lo es" (176); "El ojo tiene un hermano gemelo que lo observa mientras ve" (304); "La brevedad, cuando es exacta, lo dice todo" (538); "No repetir una equivocación, ¡hay tantas nuevas esperándote!" (614); "Un arquetipo es una multitud concentrada en una sola figura" (626), "Dar por terminada una obra significa casi siempre admitir una derrota" (696)... En cualquier caso, proporcionalmente están en franca minoría, sobrepasados en número por los apuntes diarísticos y las reflexiones en primera persona.

En resumen, Parpadeos es un libro atractivo pero de recorrido limitado por la propia naturaleza de su planteamiento, algo así como un compendio de las "virutas de taller" (tomando en préstamo la expresión del diario de Miguel d'Ors) de un artista sin duda talentoso, además de escritor más que correcto. Su extensión se antoja algo dilatada para el contenido que ofrece, incurriendo en frecuentes redundancias que pueden llegar incluso a hastiar. El saldo final, pues, no pasa de discreto... algo que, si atendemos a lo que afirma Rábago con cierta insistencia a lo largo de las páginas, no desagradará en absoluto al autor.

Pedro Salinas y la carencia del hombre


Pedro Salinas poetiza la experiencia del hombre de la carencia que determina la esencia de su existencia en el mundo. La carencia está inscrita en el centro de su corazón, partiéndolo en dos; por eso, la carencia es la condición del ser del hombre, entregado a la pasión de su insignificancia.

El hombre es insignificante porque no se basta a sí mismo, sino que necesita ser fundado por lo otro de sí. Como ser vivo, ha de morir; como ipseidad, ha de abrirse a la alteridad; como yo, requiere de un tú que le funda y le conserve en sí como sí mismo. El hombre se encuentra entregado a la polémica de la existencia establecida en términos de desgarro y escisión, lo cual no es en absoluto una opción entre otras de llevar a cabo la propia vida, sino la marca esencial de su ser hombre.

Pedro Salinas poetiza la alteridad del hombre (lo otro del hombre que es también su estado de carencia, su ser-otro respecto de sí) en una sola y recurrente metáfora: tú. En la poesía de Salinas, el tú despliega totalmente la dimensión metafórica del lenguaje, en la cual éste se abre de manera privilegiada a la posibilidad de la epifanía de la alteridad. La metáfora señala un cambio de nivel, una transferen­cia del sentido, de tal modo que el lenguaje sufre el desplazamiento de su función referencial común para adquirir una relevancia ontológi­ca, para atender al ser que se anuncia desde lo otro del lenguaje, desde el silencio.

Precisamente porque el tú se sitúa en el otro lado del lenguaje y se instala en el silencio de lo oculto que desencubre e ilumina la cosa, el tú es siempre metáfora de la alteridad del hombre. El tú de Salinas es una alteridad que abre el camino por el que el hombre despliega su libertad. Así ocurre, con sanjuaniano eco, en Presagios (24):

Tú, que con palabra bien medida
me abriste tantas veces la escondida
vereda que pedía mi albedrío

El tú anuncia el camino de la libertad del hombre desde lo otro del lenguaje en la palabra. El tú, que es un decir que dice la palabra ("bien medida", esto es: rítmica y ajustada, esen­cial), abre la posibili­dad de la libertad del hombre, la cual no es mera ejecución del "albedrío" (el cual sólo puede esperar ser satisfecho desde lo otro de sí), sino obediencia al anuncio del ser en su decir la palabra esencial.

El tú, que concede la libertad con la palabra, se anuncia siempre desde el silencio de lo oculto, puesto que su decir que comunica en el desencu­brimiento de lo dicho en la palabra se sustrae siempre y queda necesaria­mente reservado. Esa reserva en que el tú se guarece establece un hiato entre el decir y lo dicho que no puede ser llenado, y que señala y constituye el estado de carencia del hombre. De nuevo en Presagios (8):

siento un vacío que sólo
me lo llenará ese alma
que no me das.

El hombre, que acoge la llamada del tú a escuchar la palabra e inaugurar su libertad, debe proteger ese hiato que se hace patente en su propio sustraerse a la presencia, esa diferencia que hace del tú un asunto originariamente humano y no un mero objeto de adoración extática.

En una época en que el yo se ha alzado en único criterio de validación, ya no sólo de la propia existencia, sino a un rango casi cósmico, poetas como Pedro Salinas nos recuerdan lo evidente: que sólo abierto y menesteroso hacia lo que no se es, pues no es el ser su esencia primera, puede uno llegar a ser alguna cosa.


(Publicado en Uroboro)

Conrad y el sentido de la aventura



Desde los inicios de la historia de la cultura de Occidente, el tema de la aventura ha sido, quizás, el más propiamente literario: desde Homero y los poemas épicos de la Grecia arcaica, la aventura (real o ficticia, sagrada o profana, heroica o cotidiana) ha sido considerada por autores y lectores como un asunto digno de ser alabado en cantos y narraciones, fábulas y epopeyas, novelas y romances. El relato de una aventura describe el itinerario simbólico de la iniciación a la vida (desde Ulises a Perceval, desde Wilhem Meister al joven Törless), la cual conmemora el narrador con la intención de abrir los lectores una rendija de esperanza para su propia experiencia individual: he aquí el atractivo que ha ejercido la literatura de aventuras sobre el público de todas las épocas.

Esta dimensión universal del relato de aventuras se conserva con toda su fuerza en las narraciones breves del escritor polaco, nacionalizado británico y anglófono de pies a cabeza, Joseph Conrad (1857-1924). De entre estas destaca su magnífico El corazón de las tinieblas (1902), pero también Tifón (1903), La línea de sombra (1917) y Una historia (1925). Todas comparten una misma estructura temática: la rememoración de una aventura en la que el protagonista ha vivido el vértigo de la propia muerte como una condición necesaria para el conocimiento del sentido de la existencia. La vivencia de una situación límite, en la que todos los valores establecidos se tambalean bajo la presión de la amenaza de la aniquilación total (un tifón, un naufragio, un viaje río arriba a través de una selva agreste), abre el acceso a un conocimiento inusual de la miseria humana, del castigo y del sufrimiento; en otras palabras: a la sabiduría. Precisamente por tratarse de un conocimiento velado a los ojos de los que no han aceptado el riesgo propio de la aventura (los cuales, en este sentido, son ignorantes, no-iniciados), se requiere del individuo la experiencia radical de su propia destrucción: es decir, sólo porque el aventurero ha aceptado inmolarse en la monstruosidad abstracta del horror, le es concedido contemplar la única verdad profunda de la existencia: la transitoriedad de la vida humana, su destino mortal.

Los personajes de las narraciones de Conrad han vivido todos ellos esta experiencia iniciática de la muerte, lo que les ha dado una perspectiva de la vida humana totalmente inédita para el común de los mortales (a excepción de los enfermos y accidentados que se han librado de un fallecimiento anunciado como cierto). Sin embargo, el Kurtz de El corazón de las tinieblas es quizás el paradigma del hombre que ha sido ganado por la fascinación de la muerte, por la seducción de su rostro incomunicable; por el contrario, Marlow ha rehuido esta atracción brutal por la disolución y, por eso mismo, es quien ha sido llamado para transmitir el testimonio de la experiencia virtual de la muerte. Porque, efectivamente, de la muerte sólo podemos tener una imagen virtual (no podemos, claro, morir en vida), un simulacro que debemos aceptar en su violencia como aquel límite más allá del cual no podemos hablar.

En cierto sentido, la muerte es un símbolo que anula todos los símbolos: la ausencia de significados útiles, la negación de toda posibilidad de integrarse como una parte más de la vida, la imposibilidad -en fin- de que todo sea posible. Quizás por este motivo, aquellos que han estado a dos pasos del abismo de la muerte, no pueden decir sino que "han vuelto a nacer": no mencionaremos el nombre de la muerte en vano. Los efectos de la aceptación radical de la condición finita de la vida humana, por otra parte absurda para quien no se ha arrojado en brazos de la propia destrucción, ofreciendo el tributo del amor propio y del orgullo, son evidentes en los protagonistas de los relatos de Conrad: "Me siento viejo", dice el joven capitán del vapor Melita en La línea de sombra, después de haberse hecho cargo del barco en medio de una epidemia de la tripulación mar adentro; "nuestros ojos cansados ​​miran inmóviles esperando algo que ya ha pasado", dice Marlow en Juventud. En todos los casos, la brutalidad de la experiencia del conocimiento (que es testimonio de la profundidad y riqueza de la aventura, la cual sólo abarca su significado iniciático cuando lleva los hombres hasta el límite de su capacidad de resistencia) permanecerá indeleble en la memoria, como la huella del destino mortal que comparte toda la humanidad.

En una época como la nuestra, hombres del siglo XXI, que hemos despreciado (salvo contados casos) la dimensión existencial de la aventura, que se reduce en nuestros días a una parodia grosera en los llamados deportes de riesgo y los programas de las agencias de viajes organizados, volver a leer Joseph Conrad significa recuperar una tesitura espiritual para la que, tal vez, ya hemos perdido toda esperanza. Sea como sea, cuando el globo terráqueo puede ser recorrido en pocas horas de avión y ya no quedan continentes por descubrir, cuando los desiertos son un pretexto para organizar carreras de coches y empezamos la conquista del espacio buscando espacio libres, tal vez ha llegado la hora de emprender la aventura más difícil: la del viaje hacia el corazón de nuestras propias tinieblas, para las que no hay guía ni plano que nos pueda librar de nuestras responsabilidades.


(Publicado originalmente en catalán, en 1994, y luego en castellano en Uroboro)

Dostoyevski, escribano del subsuelo



En un cuchitril de San Petersburgo, una voz pálida, fosforescen­te, relata la teoría y la práctica de la infamia: son los textos de Fiodor Dostoyevski El subsuelo y A propósito de la nieve sin cuajar, articulados en esa unidad de sentido que conceden las desgracias cuando no vienen solas. Confinada en el gulag de su lucidez, infectada por el exceso de inteligencia (“ser demasiado consciente es una enfermedad”), la voz desgrana uno a uno todos los argumentos que refutan desde la raíz la Escatología del Bien que, antes y ahora, chantajea a los hombres desde el nacimiento.

Mirando hacia atrás, con la ira y la ternura mezcladas a partes iguales, afónica por el esfuerzo conmemorativo, la voz, sin embargo, no puede dejar de recitar, a gritos, la salmodia que borra los esfuerzos de los teólogos de la ciencia por calcular el final de la espera y el principio de la resurrección de los cuerpos. Y es que hablar es su única fuerza, hablar por no callar, por y para delatar el canon de la civilización, por y para desafinar la música de las esferas. Hablar incesantemente como culminación de un proceso de economía de los conceptos: “¿Qué puede hacerse si la misión única de todo hombre inteligente está en la cháchara, es decir, en la consciente e inútil pérdida de tiempo?” Hablar es derrochar: gastar sin obtener nada a cambio. Ni siquiera esa magra compensación de la catarsis. La voz no depura nada: todo lo aprovecha.

Pero, frente a la cháchara consolatoria del profesor en el aula, del ama de casa en el mercado, de los periodistas en todas partes (consuelo en cuanto certeza, fuerza, terquedad), la voz de San Petersburgo significa la derrota de todos los valores de consuelo, esperanza, salvación. La voz no espera, desespera: se desespera de sí misma, de la lucidez que la atenaza, de la que no se puede refugiar porque le propor­ciona, a la vez, el veneno y el antídoto por el que el cuerpo hablante se corrompe y, más allá del dolor, se conserva en estado de supuración, de latencia. Hablar es la paradoja de la caída: como el Jean Baptiste de Camus, el relato del pecado no conduce a su expiación, sino al goce de condenarse por despecho.

“¿No habrá en el mundo algo que sea, en efecto, más preciado para cada hombre que sus mejores beneficios?”, se pregunta la voz (me pregunto yo).

Mientras creía, o aspiraba a creer, que mi bienestar consistía en orientar mis acciones hacia la vida buena (bondad, belleza, verdad), discrimina­ndo todo cuanto atentaba contra la integridad de mi haz de valores, se gestaba en mí el deseo, secreto, obsceno casi, de derribar cuanto había levantado con esfuerzo, de volver a caer incluso, para anegarme nuevamente en el vasto campo de la indecisión. Esta tentación, que crecía de manera proporcional a la proximidad de la felicidad, me apartaba constantemente de mis propósitos de enmienda, y me condenaba a ver rodar la piedra de mi dicha justo cuanto más cerca estaba de coronar la cumbre. Así, “cuanto mayor conciencia tenía sobre el bien y todo lo bello y lo sublime, más hondo descendía en mi charca”.

Sin embargo, con el paso del tiempo llegué a convencerme de que, tras el fracaso de todos mis deseos, se ocultaba un deseo mucho más incisivo, más brutal y difícil de consolar, que el del confort del cálculo y la dicha, y era precisamente el deseo de desear, esto es, de no dejar nunca de aspirar a la satisfacción.  Ese “impulso interno, superior a todos mis intereses”, consistía precisamente en “destruir a cada instante todas nuestras clasi­ficaciones, todos los sistemas compuestos por los amantes del género humano para la dicha de la humanidad”, de manera que en la frustración hallaba un estímulo para reemprender la marcha hacia el éxito (esta vez, sin embargo, se trataba de un éxito sutil, paradójico, ya nunca más asociado a la armonía, sino al dolor de la lucha, la caída y el subsuelo).

“Quizá toda la meta de la humanidad en la tierra radica en esa misma continuidad del proceso de consecución, o dicho de otro modo: en la propia vida y no en el fin”. Para escándalo de los te(le)ólogos, había descubierto que el hombre no posee en su vientre el germen de Dios, ni la voluntad de actuar para alcanzar su bien, sino que prefería mil veces sufrir los reveses de la fortuna, el castigo por sus faltas e, incluso, la condenación eterna, antes que caer esclavo bajo el dominio letal del tedio, de la perfección redonda del ser. Había descubierto que el hombre no se conduce movido por la esperanza de lo mejor, sino por la pasión de lo peor. A partir de entonces, empecé a sentir una simpatía casi animal por los jugadores, los aventureros y los saboteadores. Existe un goce extraño, una delectación morbosa, en el fracaso: sin duda, porque nos permite reconciliarnos con un universo abierto, pero también por la posibilidad de conocer el tejido inmundo del subsuelo, de nuestro subsuelo, implícita en las grandes derrotas.

El ganador es un ser precario, que sobrevive expuesto al albur de los monzones y las tribus enemigas; el perdedor, por el contrario (y si es el perdedor nato, el adicto al juego, mejor todavía, pues su derrota no se consuma frente a un poder humano, sino fantasmal: matemático), posee la certeza de su bajeza, el éxtasis de su propia miseria.

En la desesperación suelen existir los placeres más intensos, sobre todo cuando se reconoce que la situación no tiene salida posible. Llegar a una situación sin salida es tanto como recuperar un mundo sin entradas; es decir, perder es ganar el subsuelo: “No quieran honrarme con su atención, pues no pienso humillarme. Tengo mi subsuelo”. Y el subsuelo es el humus fundamental que nutre las raíces de los árboles magníficos de la ontoteología y las ciencias (puras y, también, impuras), el grado cero de la inteligencia, la asíntota racional a partir de la cual todos los valores se combinan en función de la X.

Pero el subsuelo, aun siendo fundamental (porque otorga el salvoconducto para plantar el fundamento: cualquier fundamento), a) no es fundamentado, sino carecería de relevancia; b) carece de autoridad, sino sería vulnerable y, a su vez, subvertido por una instancia más infame todavía; y c) no puede ser utilizado como criterio de legimitación de un discurso frente a otro, y menos todavía de un acto contra otro, pues subsiste y persiste en todo discurso y todo acto: minándolo desde abajo, poniendo entre paréntesis su ambición de hegemonía, caricaturizándolo.

El perdedor se deja conquistar por el subsuelo, se mezcla con él para permanecer en contacto con la experiencia primordial de la desposesión, de la polémica de las oportunidades y el fin dudoso de todos los proyectos.

“La amargura tornábase, al fin, en vergonzoso y maldito dulzor y, en último término, en franco y hondo placer”. Así que, cuando el hombre fracasa, gana lo que pierde porque pierde lo que gana: el subsuelo concede la seguridad de que nada es seguro, la certeza de que no existen certezas y el placer de que la felicidad más sublime es el dolor de ser infeliz.

El subsuelo es el terreno natural de la paradoja.


(Publicado en Uroboro, antes de mi conversión al cristianismo)

 


Entrevista en Puentes de Papel


Puentes de Papel /19/2/2022)

Creada en 2015 por el ensayista, editor, aforista y gestor cultural José Luis Trullo, la revista digital El Aforista se ha convertido en una publicación esencial sobre el arte del aforismo. Ahora, tras un lustro de recorrido temporal, cierra sus páginas, aunque los contenidos siguen en red a disposición de todos.

 ¿Cómo surge la idea de la revista? ¿En qué medida confía en el aforismo como única estrategia expresiva  de la publicación?

Yo siempre he escrito aforismos. Mi diario literario –que empecé en 1992– está compuesto en ese formato, por inspiración directa de mis lecturas predilectas; es el caso de los publicados de Peter Handke, de Elias Canetti o de Joseph Joubert.  Ya en 1994 publiqué mi primer artículo en prensa sobre el aforismo (“¿Qué es un aforismo?”), y en 1995 hice otro tanto en las páginas de La Vanguardia con uno  titulado “Escrituras fragmentarias”, que aún puede consultarse en línea. Años más tarde, siendo usuario habitual de la red social Facebook, detecté una creciente presencia de aforismos de gran calidad literaria escritos por personas desconocidas para mí por aquel entonces, entre ellas, Manuel Neila, Miguel Ángel Arcas, Elías Moro o el propio José Luis Morante. Surgió entonces la idea de publicar la que yo creía iba a ser la primera antología del género en España, Aforistas españoles vivos, que en principio debía asumir Karima. La edición se retrasó por motivos que no vienen al caso, de modo que fundé Libros al Albur y, en el ínterin, José Ramón González sacó a la luz Pensar por lo breve, de una vocación mucho más amplia e integradora. Unos meses después, aparecía la mía y, para contribuir en su difusión, creé El Aforista. Poco a poco, lo que iba a ser un mero instrumento de promoción comercial fue creciendo entre mis manos, hasta convertirse en un escaparate del género más breve de todos los tiempos.

¿Cuáles son las secciones que articulan la trayectoria de la revista?

Básicamente, tres: la recapitulación de los grandes autores del género (agrupados en “clásicos”, “modernos” y “actuales”), una sección de reseñas de novedades editoriales y otra de participación: “inéditos” y “entrevistas”, con un Cuestionario Chamfort al que he sometido a los principales referentes del género en España. Por lo que me cuentan lectores de El Aforista, para muchos se acabó convirtiendo en una referencia de uso habitual, y saber eso me animó a prolongarlo durante todos estos años, completándolo con secciones como la Enciclopedia de Libros Españoles de Aforismos, en la cual espigaba mis aforismos predilectos de más de cien títulos actuales.

Todo proyecto pretende cumplir una serie de objetivos básicos ¿Cuáles eran los propósitos de El Aforista?

Ante todo, compartir un entusiasmo. Creo firmemente que la alegría es expansiva y busca compañeros de viaje. El hecho de haber cultivado de manera solitaria y pertinaz un género considerado “menor”, y el encontrar a quienes también lo hacían con idéntica vocación, estimuló en mí la voluntad de divulgar la existencia de unos textos que, tiempo después, sigo estimando por su calidad literaria intrínseca. Aparte, puedo congratularme de haber servido como imán de talentos más o menos ocultos que, gracias a El Aforista y a Libros al Albur, han podido salir a la luz, como el caso de Francisco Ferrero, Emilio López Medina, Gemma Pellicer o Victoria León.

Quien haya seguido la travesía de estas páginas digitales, percibirá una fuerte  complicidad con la tradición. ¿Qué nombres preferentes sostienen la casa del aforismo contemporáneo?

Cada aforista tiene su propio panteón particular, qué duda cabe. En el mío figuran aquellos que ya cité anteriormente, junto a otros como Oscar Wilde, Fernando Pessoa, Paul Valéry o Émil Cioran. Personalmente, me decanto por los aforismos que comparecen entre las páginas del cuaderno literario, que es un formato que practico y que siempre me ha llamado la atención. Es más, pienso que es en esa sede donde el aforismo brilla con mayor intensidad, pues en la escritura diarística, un tanto silvestre y anómica, irrumpe con decisión y capacidad persuasiva.

Otro contenido esencial ha sido el de dar visibilidad a nuevos descubrimientos literarios. ¿Qué autores nuevos le parecen dignos de seguimiento por su calidad?

Aparte de los que ya he citado, creo que son muchos los aforistas en activo que despliegan una singuladura personal, tan difícil de mantener en este ámbito. De entre los jóvenes, Rosendo Cid, un artista multidisciplinar al que he tenido el gusto de publicar un par de libros de aforismos, me parece que vuela a gran altura. Juan Manuel Uría, como él también pintor, Miguel Ángel Gómez o Paula Díaz Altozano son autores jóvenes con gran proyección. El haber podido dar a conocer a Manuel Feria, gracias a la intermediación de Mario Pérez Antolín, es algo de lo que me siento especialmente complacido. Carmen Canet practica un aforismo a ras de vida que me parece entrañable. Todos los nombres consolidados han aportado mucho al auge actual del aforismo en España y, entre ellos, no pocos de los que formaron parte de Aforistas españoles vivos: Neila, Arcas, Morante, Moro… Lástima no haber podido incluir a Fernando Menéndez, quien supone un auténtico “rara avis” en el género.

¿Hasta qué punto ha marcado el despliegue de El Aforista su propio trabajo creador?

Relativamente. De hecho, más bien ha supuesto una especie de espejo a lo largo del camino. En este sentido, el uso diario de Facebook sí ha espoleado mi vertiente creadora, al permitirme compartir mis textos de manera prácticamente simultánea a su escritura, obteniendo un eco inmediato. Me gustaría aprovechar para romper una lanza en defensa de las redes sociales, pues debo a ellas el haber podido acceder a la inmensa mayoría de los autores con los que tantos proyectos en común hemos podido sacar adelante. Como tantas cosas en la vida, Facebook no es más que el uso que hagamos de él. Yo, desde luego, no me puedo quejar.

¿Favorece al minimalismo conciso el gran despliegue de autores y títulos? ¿En qué baremos debemos fijarnos como lectores y escritores para alcanzar un nivel elevado de calidad y honestidad en la creación?

La expresión lacónica acompaña a la especie prácticamente desde los albores de la civilización. Máximas, refranes, consejas, oráculos, siempre han constituido una suerte de asideros ante la incertidumbre de la existencia. Esa dimensión utilitaria acababa favoreciendo cierta selección natural de las mejores propuestas, no siempre literarias. En la actualidad, nuestro modo de vida ha favorecido la utilización de las formas breves (microrrelato y aforismo, principalmente) que, más allá de su rápida absorción, propician una deglución lenta y meditada. Esa es la grandeza de la brevedad: que no se agota en un apresurado usar-y-tirar, sino que exige volver a ella una y otra vez para tratar de captar sus más íntimas resonancias, por utilizar una afortunada expresión del gran José Mateos.

El Aforista  finaliza trayecto. ¿Qué razones han forzado esa decisión?

No ha sido una razón forzada, sino una evolución natural. Como panorámica global, se puede decir que El Aforista ha cumplido con su misión. Ahora, cede el testigo a AFORIST@S, una publicación electrónica que, ya en su propia cabecera, muestra un carácter más plural y abierto, menos personalista. También he tenido en cuenta la necesidad de imprimir un nuevo impulso a las iniciativas en torno al aforismo: el “no dormirse en los laureles” implica, muchas veces, la necesidad de reinventarse, y así se ha hecho. Ahora, los aforistas cuentan con una nueva plataforma para dar a conocer sus propuestas. Creo que salimos ganando todos. Pero la última palabra la tienen, como no puede ser de otro modo, los usuarios.

Entrevista en Humanistas



Humanistas (2023)

José Luis Trullo es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Cursó estudios de Doctorado en Filología Románica y realizó estancias de estudios en Turín y Trieste. Traductor e investigador privado, encarna la figura del "humanista flotante" de la que ha hablado José Luis Abellán al refererirse a los erasmistas españoles. Es editor en Cypress Cultura, donde ha impulsado, entre muchas otras publicaciones, la primera traducción directa del latín al castellano en 500 años de La vida solitaria, de Francesco Petrarca, y el Discurso sobre la Natividad de Nuestro Señor, de Rodolfo Agricola, ambas a cargo de Jesús Cotta. Codirige la colección Humanitas de la editorial Thémata y el Congreso Nacional de Humanistas, de la Universidad Complutense de Madrid. 

-¿Por qué se identifica usted con la figura del intelectual flotante?

-Es un perfil muy asociado a los humanistas del Renacimiento, quienes en muchos casos permanecieron al margen de las instituciones académicas y se movían con cierta libertad por las cortes y centros de poder. Petrarca y Erasmo rechazaron incluso suculentas ofertas para asumir cargos de gran relevancia, todo por preservar su independencia espiritual y personal, así como su capacidad de ejercer la libre crítica respecto a todo aquello que no les complacía de su propia época. En ese sentido, seguían la senda de los filósofos griegos o los sabios taoístas quienes, sin dejar de tratar de influir en sus contemporáneos, guardaron con celo su propio margen de maniobra. De un modo u otro, quienes nos ubicamos tras su estela tenemos un compromiso ético semejante, aunque nuestras capacidades, por supuesto, estén a años luz de las suyas.

-¿Es el humanismo un valor a defender, o ha quedado desfasado ante el empuje de las tecnologías que nos prometen, ya no solo la plenitud y la dicha, sino incluso la inmortalidad o, cuanto menos, una longevidad pavorosa?

-No solo no está superado, sino que carece de sentido expresarse en esos términos: el humanismo es el espacio propio del hombre; antes de él, aún no podemos hablar plenamente de humanidad, sin él tampoco. Y entiendo por humanismo una síntesis armoniosa en la que las mejores potencias de nuestra naturaleza nos permiten llevar a término nuestra vocación más íntima, que es la trascendencia. Sin el impulso ascensional del arte, de las letras, del símbolo, de la dimensión espiritual, el hombre se ve reducido a un mero ser "sintiente" (una expresión que habla por sí sola), y entonces no es sorprendente que se le coloque al mismo nivel que los reptiles, los insectos o cualquier otra criatura horizontal. El animalismo es un síntoma de una civilización enferma. Por no hablar del transhumanismo...

-Usted se ha manifestado a favor de la necesidad de postular un rehumanismo, concepto forjado por Jesús Cotta. 

-Así es. Creo que, de igual modo que los humanistas del Renacimiento contribuyeron a la renovación espiritual de su época rescatando el legado de Grecia, Roma y (no lo olvidemos) los padres de la Iglesia, en la nuestra urge una operación análoga mediante la cual los valores perennes de la civilización occidental (dignidad humana, razonabilidad argumental, piedad personal) recobren el protagonismo perdido ante la imposición de un modelo bifronte con dos cabezas igualmente perversas: por un lado, la de una ratio tecnocientífica implacable y amoral, y por otro lado, la de una emotividad compulsiva, falaz y fuente de todo tipo de prejuicios y supersticiones dañiñas.

-Con Cotta está protagonizando numerosas iniciativas en este sentido.

-Jesús es un auténtico humanista, en el sentido más clásico: profesor de latín y griego, con una amplia formación literaria y filosófica, poeta sublime, aforista, dramaturgo, polemista... Es una suerte poder sacar adelante con él iniciativas encaminadas, tanto a rescatar el legado de nuestros clásicos, como a difundir los valores cristianos, que compartimos. Lo considero un verdadero amigo, un maestro al que admiro y aprecio.


Entrevista en Culturamas


Culturamas, 29/2/2024

Tras la celebración en 2023 del I Congreso Nacional de Humanistas en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid, dedicado a la tradición, se acaba de dar a conocer el programa de la segunda edición, esta vez consagrado a las “razones humanas”.

Según José Luis Trullo, codirector junto al profesor Antonio Barnés del evento, “un amplio elenco de humanistas abordarán la importancia tanto de las razones como de los motivos que guían a las personas en su singladura vital”. Para Trullo, “no basta con utilizar la inteligencia para gestionar el día, resulta esencial dilucidar hacia dónde nos dirigimos, cuál es nuestra meta”; de acuerdo con la doctrina aristotélica, expuesta en la Ética a Nicómaco, “todo ser tiende hacia una finalidad propia, y la plenitud existencial se alcanza cuando se cumple este destino al que estamos llamados”. Contra la creencia contemporánea de que lo esencial es fluir y dejarse llevar por los impulsos, Trullo pone en valor la importancia de empuñar la propia vida: “Frente a los cantos de sirena que nos invitan a deponer el dominio sobre lo que somos y hacemos, hay que defender que ser humano implica contenernos, disciplinar la voluntad y orientar nuestros actos y nuestros pensamientos en la dirección correcta, la propia de cada cual”. En este sentido, impugna que la teleología (doctrina de los fines) implique someterse a una horma única e igual para todo el mundo:  “El totalitarismo, sea de izquierdas o de derechas, impone una tabula rasa de la singularidad de los individuos en nombre de una supuesta armonía social; por el contrario, el humanismo aboga por el camino propio, personal, como forma eminente de contribuir al beneficio común”. En este sentido, concluye Trullo, “el humanismo resulta más necesario que nunca, porque pone un dique tanto al nihilismo materialista como a los falsos espiritualismos; estos últimos me preocupan especialmente, porque son una burda caricatura de un pensamiento profundo, saquean el rico legado de los símbolos perennes y brindan soluciones fáciles y al cabo estériles, pues nada que no nos exija sacrificios personales podrá entregarnos a cambio algo de auténtico valor”.

En cuanto al Congreso, Trullo se felicita al constatar que “el humanismo ha recuperado su brío habitual, tras unas décadas de desconcierto provocado por el estructuralismo y sus epígonos posmodernos”. Este evento, precisamente, incide en la reflexión sobre las grandes categorías de la tradición occidental, para lo cual se ha invitado a especialistas en distintas disciplinas del saber: filólogos, filósofos, antropólogos, historiadores, artistas, docentes, poetas e incluso aforistas. “Queremos recobrar el carácter transversal de los saberes, propio del humanismo clásico, para superar el callejón sin salida al que nos ha abocado un concepto del conocimiento reducido a su dimensión técnica”. En este sentido, enfatiza el valor existencial del saber: “Retomando un lema de Baltasar Gracián, no se vive si no se sabe, y ante todo si no se sabe para qué vivimos. Volviendo a la idea inicial, lo propio del hombre consiste en preguntarse continuamente qué está haciendo, cómo, por qué y para qué; cuando deja de formularse estas preguntas, se degrada al nivel de un animal o de un vegetal, que se limita a subsistir ateniéndose a sus impulsos primarios. Ser humano, por el contrario, exige dominarlos en aras de un buen fin”.

En este encuentro, que se celebrará durante dos días en la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla (Madrid), participarán catedráticos universitarios, como Emilio Blanco o Juan Arana; filósofos como Javier Recas o Javier Méndez; poetas como Ignacio Gómez de Liaño o Carlos Peinado Elliot; filólogos como Javier García Gibert o Manuel Neila; y aforistas como Ricardo Virtanen o Emilio López Medina, entre otros. La asistencia es libre pero, al ser el aforo limitado, la organización insta a los interesados a inscribirse para no arriesgarse a no poder acceder a la sala.