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Gravitas. Sobre la madurez


I


“Es desdichada la vejez que necesita defenderse con discursos”, escribió Cicerón en su diálogo De senectute. De la gravedad de la edad madura, no dijo nada.


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Isidoro de Sevilla calificaba de gravitas la edad de la vida humana ubicada entre los cincuenta y los setenta. Es la época del justo aplomo, equidistante tanto de la volubilidad de la juventud como de la parálisis de la senectud: un paraíso que, para mi perplejidad, muchos contemporáneos viven como un purgatorio.


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En la sempiterna querella entre jóvenes y viejos, los maduros (los graves) somos los grandes olvidados... lo cual aprovechamos para obtener la máxima ventaja de pasar injustamente desapercibidos.


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Un maduro digno de tal nombre “ni teme, ni desea”. Es el suyo un equilibrio natural, modelado por los golpes. 


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Si de alguna pérdida se puede jactar el hombre maduro es de que, despechada, la vehemencia le haya abandonado.



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El hombre maduro aún conserva el brío de antaño pero mantiene a raya la pesadez que le espera; si administra sabiamente las energías que le quedan, puede considerar la suya como la auténtica edad de oro.

 

II


“Puer senex”: viejoven, lo calificamos hoy. Aquel que, teniendo pocos años, querría atesorarlos todos.


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Jesús ante los doctores.- Siendo aún adolescente, Sus enseñanzas ya maravillaron a quienes veneraban, ante todo, el peso de la tradición. En el fondo de sus corazones ya intuían que, para quien viene de la eternidad y nos devuelve a ella, no puede ser rehén de la cronología del mundo.


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No hay nada que más abochorne a un joven que contemplar a un anciano comportándose de manera ligera, despreocupada, poco ejemplar. En el fondo, lo que aquel busca en este es un contrapeso para evitar que se hunda la barca común de la especie (para la cual son tan útiles los que están como los que vienen).


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Para respetar a un anciano, el joven necesita percibir que este juega en otra liga (por supuesto, superior); para compinches y aliados, ya dispone de sus coetáneos.


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En el siglo XVIII, los jóvenes se empolvaban la peluca para hacerse acreedores de un respeto que era consustancial al ejercicio del poder. En el siglo XXI, cuando la juventud a duras penas logra ejercerlo en ningún ámbito de la sociedad, ¿para qué se tiñen el pelo quienes peinan canas?


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El joven desprecia la madurez como la zorra de la fábula las uvas: porque no le queda a mano.

 

III


“¡Oh, vejez temida en vano por los mortales, edad dichosa cuando se la conoce! No merece llegar a ti quien te teme; no merece llegar quien te acusa”, escribió Petrarca en una carta fechada en 1366. La vigencia de su dictamen revela que, alcanzada cierta perspectiva, todos los hombres de todas las épocas cojeamos del mismo pie.


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Dejó escribo el humanista sevillano Sebastián Fox Morcillo en su diálogo Sobre la juventud (1556): “Si atribuimos el uso de la recta razón no menos al joven que al viejo y pueden con el mismo buen sentido moderar el ímpetu de los placeres, nada puede haber más festivo, nada más elegante, ni más honesto que la juventud”. El problema, amigo hispalense, es que en el siglo XXI nadie quiere moderar el ímpetu, y menos aún... el de los placeres.


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El fascismo italiano, el nazismo alemán, la revolución cultural china... Los mayores oprobios del siglo XX los protagonizaron ardientes jóvenes a quienes sus instintos básicos y sus flamígeras pasiones les jugaron una mala pasada.


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“Si a los viejos les gusta dar buenos consejos es para consolarse por no poder brindar ya malos ejemplos”, escribió con cierta malicia Chamfort. Poder, sí pueden, y a espuertas; lo que ocurre es que ahora ya conocen el coste.


IV


El paso de los años acercan al creyente a la vida eterna; al incrédulo, a la nada. Se comprende que aquellos vivan su paso con creciente alborozo y estos, arrastrando los pies.


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Una sociedad para la cual nada nos espera tras perder su vida el cuerpo puede llamarse, justamente, desalmada.


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No es raro que, incluso en un mundo desacralizado, para ponderar el entusiasmo que conservamos en nuestro fuero interno los graves tengamos que presumir de un “espíritu” joven. 


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El alma no tiene edad: su ámbito propio es atemporal. Para el cuerpo, por el contrario todo es cambio, impermanencia... muerte al fin. Si el hombre espiritual se ríe de la Parca (cuya misma existencia pone en la picota), el material le implora clemencia... por supuesto, en vano.


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Para admitir la inmortalidad del alma frente al carácter perecedero del cuerpo no hay que abrazar postulados religiosos; basta con recordar a Platón o a Cicerón, no en vano esenciales en la forja del humanismo cristiano. 


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“¡Luz, más luz!”, profirió Goethe antes de dejarnos. Con ello demostraba su sabiduría: no se le ocurrió pedir más tiempo.



CODA


Aprende de la fruta, cuya sazón sigue a la verde acritud y precede a la apestosa podredumbre.



[Publicado en la revista digital ENTRELETRAS]

 


Morir en lo cierto. Aforismos sobre el saber




El hombre sabe. El animal hace.

El hombre sabe lo que hace. El animal hace lo que sabe.

El hombre sabe que sabe lo que hace…


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Saber no es tener noticia.


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La mera acumulación de información no trasciende nunca en sabiduría.


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Saber: hacerse consciente.


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El auténtico saber pasa necesariamente por saberse.


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Saber es poder… siempre que no se abuse de él. (De lo contrario, es oprobio).


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Si los sabios tienden a la contemplación es porque comprenden las razones.


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El saber introduce entre las cosas y las personas una distancia entrañable.


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Saber nos hace cómplices.


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El verdadero saber no es más teórico que práctico, pero sí más autorreflexivo que meramente proactivo.


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La única síntesis equilibrada entre el ser y el hacer es la praxis bien entendida.


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El saber que bien hace, bien merece el nombre de arte.


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La diferencia entre el arte y la artesanía es que ésta no ve más allá de lo que tiene en mente y entre manos.


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El arte emite luz, la artesanía la refleja.


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El saber es fértil por naturaleza y estéril por elección.


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¿Vivir por y para el saber? Algo tan bello y gratuito como el inocente juego de los niños.


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La sabiduría tiene algo de impersonal, pero sólo prospera si se encarna en un individuo concreto.


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El sabio es como el fotógrafo: su éxito depende de la correcta elección de la perspectiva (y ésta, de la propia ubicación respecto al objeto).


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Si quien acumula sabiduría, acumula dolor, es porque no impregna el conocimiento con el bálsamo del amor.


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Incluso el sabio que se retira para pensar en lo más profundo del bosque está incrementando, sin saberlo, el conocimiento del hombre acerca del mundo.


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Sólo sabemos realmente si sabemos lo que estamos haciendo; de lo contrario, no se diferencian mucho la ignorancia y el conocimiento.


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Saber lo que se sabe y lo que se debería llegar a saber… y arrojarlo a los pies de lo que se sabe que nunca llegará a saberse.


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La vocación del hombre es vivir aprendiendo para poder llegar a morir en lo cierto.


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(Publicado en Culturamas, 14 de agosto de 2024)

La babosa erguida. Sobre el sentido de la vida




 

Proclamar que la vida carece de sentido es la forma más absurda de atribuírselo.

 

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Sin la pregunta por el sentido de la vida, nada diferencia la de un ser humano de la de una babosa. No es raro, pues, que quien niega que lo tenga se despierte, una mañana cualquiera, convertido en insecto.

 

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Solo la búsqueda del sentido pone al hombre erecto. La alternativa era la de proseguir con una existencia flácida y, al cabo, estéril.

 

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El sentido es la vida trascendiéndose, sin dejar de ser ella misma.

 

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Si la vida tiene algún sentido, reconóceselo; de lo contrario, dáselo.

 

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Cuando descubrimos que nuestra vida tiene sentido, la muerte pierde toda su capacidad de intimidación (por no decir que, en cierto modo, ha revelado su carácter ilusorio).

 

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Sólo vive quien alcanza el sentido de su vida. El que no, a duras penas se limita a subsistir.

 

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El sentido de la vida, como su propio nombre indica, no es de índole meramente racional: se siente o no se siente.

 

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En el descubrimiento del sentido de la vida juega un papel esencial el consentimiento respecto a lo que no se deja reducir a él. Precisamente por tratarse de una dimensión que trasciende a la existencia, apunta al más allá como una promesa insaciable.

 

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Desde que bajó de los árboles, el hombre ha aspirado a una altura plena de sentido; por eso ya no puede permitirse el lujo de andarse por las ramas: ahora, apunta por derecho a la raíz.

 

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El hombre en busca de sentido siempre acaba asomándose al abismo: si salta, lo encontrará; si se detiene, lo perderá.



(Publicado en La condición humanista y, anteriormente, en Culturamas)

Dejar de pensar. Sobre las ideologías

 




Ideología: pienso para los que no piensan.


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Todo lo que toca la ideología, lo acartona.


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Se tienen ideas para dejar de pensar durante un tiempo, e ideología para no hacerlo ya nunca más.


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Ideología: magro consuelo para los que no saben qué hacer con tanta incertidumbre.


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La ideología es la forma sólida del pensamiento; tan sólida como una maza.


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El ideológo, ambiciosísimo, tiene sus fines muy claros; el ideologizado, más modesto, se conforma con sus principios.


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La ideología interpone una cortina entre nuestra visión y la realidad, y luego otra, y otra, y otra.


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Todas las ideologías sienten una secreta envidia de la religión que nunca se propondrán llegar a ser.


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No hay ideología más peligrosa que aquella que da cuenta de todo en nombre de todos.


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Para cualquier ideología, lo ideal es lo real. Por eso les resulta imposible aceptar la existencia de todas las demás.


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El mejor método para acabar con las ideologías es repensar continuamente las categorías que utilizamos para pensar. De lo contrario, acabamos actuando como esclavos de nuestros propios prejuicios.


 


Contra la educación



«¡Educación, educación, educación!», claman como solución a todos los problemas. Del futuro, se entiende.

 

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La fe en la pedagogía se parece demasiado a la que se tenía antiguamente en la magia como para denominarla de otra manera.

 

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Los inductores de Mayo del 68 atacaban a la escuela, acusándola de todos los males; sus hijos la defienden en Mayo del 21, confiándole su solución casi en régimen de monopolio. Imposible no ver en esto una suerte de desquite generacional.

 

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«No sé cómo hemos llegado a concebir la disparatada idea de que una clase aprenderá mejor si todo el mundo aprende lo mismo al mismo tiempo, como si una clase fuese una fábrica» escribió John Holt en El fracaso de la escuela (1967). El año que nací yo, quién sabe si para tomar el testigo.

 

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La casta profesoral se ve a sí misma como la redentora de la humanidad. «¡sin educación no hay futuro!»… olvidando que, con ella, estamos sufriendo este hórrido presente desde hace décadas, quizá siglos.

 

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Para comprender que la escuela moderna reproduce, punto por punto, los principios, los métodos y los fines de la institución penitenciaria, no hace falta haber leído a Michel Foucault: basta con haber sido niño…

 

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Con una mano, el progreso te incita a desconfiar del pasado y la tradición, en aras a la pureza inaugural del presente y la libertad del individuo soberano; con la otra, te acusa y castiga por no someterte a la autoridad del docente de turno. ¿Cómo va a funcionar una cultura basada en este desgarro esencial?

 

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“Etimológicamente, educare procede de ducere, es decir, de conducir: agarras a alguien por el cuello y lo llevas a donde te parezca” (Roberto Rossellini). La vocación secreta de los pedagogos es la de domadores.

 

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La educación moderna, basada en el modelo del «teatro italiano» (un locuaz actor frente a su público cautivo y mudo), da por supuesta una estructura unidireccional de la información: el que profesa emite un mensaje y el que le contempla lo recibe tal cual. sin derecho a réplica. Es una quimera esperar de esta dinámica otra cosa que desinterés por parte del auditorio.

 

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Hay maestros que no profesan y profesores que a duras penas se pueden calificar de maestros. Sólo en casos contados (e inolvidables) ambas figuras se dan la mano.

 

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El otro día vi un reportaje sobre un profesor que, gracias a las redes sociales, se ha convertido en influencer. Imagino que sus alumnos no darán crédito.

 

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(Casi) nadie es profeta en su tierra ni maestro en el aula.

 

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Enseñar es mostrar, mejor aún: no ocultar. Tender el dedo. Y que la vida saque sus conclusiones.

 

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Siempre que oigo la palabra «inculcar», mi cabeza la traduce por «conculcar».

 

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Con YouTube y sus tutoriales, la masa ha descubierto que sabe más de lo que creía, y que puede compartirlo sin someterse a tutelas ni tutías. Frente a esa realidad, las instituciones educativas ya sólo pueden ofrecer… títulos.

 

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Contra la utopía de la educación, ambiciosa empresa de reconfiguración de las mentes en nombre de los más altos principios, cabe defender el valor del aprendizaje, esta sí, una constante de la naturaleza humana.

 

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Educar se viene haciendo desde hace unos siglos; aprender, desde el origen de los tiempos. Puestos a elegir, yo lo tengo claro.



(Publicado en La condición humanista y, anteriormente, en Culturamas)

El espectro de la libertad

 




Todos los seres humanos nacemos, o libres, o iguales. Sin término medio.


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La libertad es el sueño del cautivo y la pesadilla del esclavo.


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Responsabilidad: la terca resaca de la libertad.


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A medida que ascendemos en la jerarquía del ser y el estar, se reduce el margen de libertad. Por eso Dios es todo necesidad y los reyes viven atenazados por una pléyade de servidumbres y protocolos.


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«Obedecer a Dios es libertad», escribió Séneca. ¿Y al diablo?


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La libertad absoluta está cargada de deberes irrenunciables.


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Una libertad carente de misión corre detrás de cualquier capricho.


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Si, como dejó dicho André Gide, «liberarse es más fácil que ser libre», es porque en el primer caso uno sabe de qué huye y en el segundo ignora a dónde se dirige.


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Aunque la ejerzamos, no existe la libertad de equivocarse.


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Si la verdad nos hace libres, ¿para qué nos empeñamos en poder ejercer el derecho de elegir?


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¿Libertad? La del enamorado que no conoce sino la de estar preso en el ser cuyo nombre no puede oír «sin escalofrío».


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Si no podemos elegir no ser libres, es que no podemos elegir: por lo tanto, no somos libres.


 

(Publicado en Culturamas)

Esa lumbre sagrada. Sobre la dignidad




Digno es no hacer nada moralmente execrable para obtener algo materialmente valioso.


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Cualquiera que esté dispuesto a cualquier cosa con el objetivo de obtener cualquier otra, abre una vía de agua en su propia embarcación: precipita el hundimiento.


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La dignidad te brinda un suelo tan firme que, por muy abajo que te encuentres, siempre te mantiene en un estado espiritual elevado.


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Cuando uno atenta contra su propia dignidad, aunque logre salir adelante, se deja para siempre atrás, varado en el cieno.


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Digno: íntegro, incluso despedazado. Indigno: degradado, mohoso y purulento, aunque aparezca cubierto de oropel.


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Nadie pierde, en puridad, la dignidad, sino que la regala a cambio de… apenas nada.


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Dignidad, en realidad, no es un sustantivo, sino un verbo: no existe en abstracto, sino que cada cual, todos los días de su vida y hasta el final, tiene que conjugarlo.


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La dignidad tiene una boca curiosa: carente de labios, pero atestada de incisivos y colmillos afilados.


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Los dignos también tropiezan pero, como los gimnastas, siempre caen de pie.


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La dignidad es una dimensión personal con resonancias cósmicas: por eso cualquier menoscabo que le inflige a la suya un individuo concreto, tarde o temprano acaba dañando el universo entero.


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Indigno, vil, mezquino, ruin, canallesco… ¡qué panoplia de sinónimos, a cuál más cacofónico, contra un único bello concepto: el de dignidad!


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Con dignidad, el desposeído es amo, aunque duerma en un barril; sin dignidad, el poderoso es esclavo, por mucho que desayune todas las mañanas en una mansión con piscina.


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Epítome de la dignidad: Diógenes conminando a Alejandro a que se aparte, que le tapa el sol.



[Publicado en La condición humanista y en Nunca se sabe]


Zoolatría y antropocentrismo

 


Noé fue el segundo animalista. ¿El primero? Adán, menos cazador que ganadero.

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“El justo cuida de la vida de su bestia” (Proverbios, 12:10). Y cuanto más la cuida, ¿más justo es?

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Tras el dominio total del planeta Tierra por parte de la humanidad, fruto de la moderna industrialización, nace la inmensa mala conciencia del soberano que sabe que se ha servido sin servir. Y, como es moralmente comprensible, de monarca absoluto decae en lacayo de sus víctimas.

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Ver a un humano inclinándose para recoger las heces de su perro me genera una mezcla extraña de admiración y vergüenza ajena.

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Las mascotas son la nueva clase media. (Un viejo aforismo de Felix Trull que sigue vigente).

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“¡Qué bestia eres!”. Una expresión que, en el siglo XXI, ya no puede asegurarse que sea despectiva.

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En cuanto se rechaza el valor superior del alma respecto al cuerpo, de la razón frente a la pasión, se cancela la distancia entre un humano y un mapache, un pez globo o una cucaracha.

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El animalismo es un lenitivo de la misantropía que a duras penas logra disimular su carácter de sucedáneo.

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Llamar “amor” al apego que pueda mostrar un animal por nosotros (y nosotros por él) revela qué clase de afecto exigimos a los demás: incondicional, sumiso, perruno.

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Es antropocéntrico el veganismo porque supone que solo nos conmueve ingerir a un ser dotado de un sistema nervioso central. ¿Acaso las zanahorias no tienen derecho a sufrir a su inhumana manera?

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Si quiere ser verosímil, el animalismo debe despojar a la humanidad de cualquier clase de tutela sobre la fauna salvaje. Y la especie que se tenga que extinguir, que se extinga.

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La idea de que la humanidad debe ser el gran guardabosques del planeta le consagra como el ser más poderoso de todos. ¡Bonita ironía! El conservacionismo es un especismo.

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En el mejor de los casos, del darwinismo solo aceptamos lo que supone de refutación del creacionismo; de todos sus demás axiomas (la lucha por la vida, la supervivencia del más apto, la amoralidad intrínseca de la mera naturaleza), hacemos caso omiso.

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La tesis de que “hay animales más humanos que los humanos” sólo la puede defender un humano muchísimo menos animal que los animales, esto es: alguien con un sentido moral tan elevado que resulta prácticamente… angélico.

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De estrenarse hoy en día en cines, la sala entera animaría al tiburón a devorar a sus persecutores. Hasta ese punto ha llegado nuestro enfermizo “antiespecismo”.

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El humano es el único ser capaz de imaginar, documentar y explicitar, no solo lo que le diferencia de otras especies, sino lo que cree que comparte con ellas. Y con ello demuestra su inconmensurable excelencia.



[Publicado en Culturamas]

Lo humano, lo inhumano, lo sobrehumano




Que lo humano es un ámbito hondamente connotado para todos y cada uno de nosotros, queda demostrado por la relativa facilidad con que creemos verlo desbordado.

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Existen dos formas de acometer el problema de lo humano: aquella que considera que lo inhumano y lo sobrehumano no dejan de constituir otros tantos registros de una humanidad plástica y deformable, y esa otra para la cual ésta existe única y exclusivamente frente a lo bestial y lo celestial. La última sería formalmente la más estricta, pero también intelectualmente la más profunda.

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Si nada de lo humano me es ajeno, menos aún aquello que lo sobrepasa infinitamente, y que me pone una y otra vez en mi lugar.

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Resulta llamativo que la llamada “revolución” que desplazó el centro del universo conocido en su momento de la Tierra al Sol, conllevó la traslocación del axis mundi de Dios al hombre. Una pequeña derrota a cambio de una gran usurpación.

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Admitir en el seno de lo humano sus pulsiones más brutales, por espontáneas y naturales, y excluir las espirituales, por ser resultado de una necesaria ascesis de los instintos primarios, no deja de delatar en quien lo hace un interés un tanto ansioso en impedirle cualquier crecimiento ascensional.

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Todas las culturas, salvo la moderna, han rendido culto a los hombres que dilataban la experiencia humana en dirección a los cielos: héroes y santos nos llevaban, a todos, a lomos de un impulso que, casi siempre, cobraba el valor de un retorno. Sólo la Modernidad ha querido descubrir en el lodo, en el cieno y en la hez alguna clase de promesa. Una promesa ctónica, cabe decir.

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En no pocas ocasiones, para alcanzar el ámbito de lo sobrehumano, los humanos se han debido arrojar en brazos de lo inhumano: sacrificios a los dioses, guerras santas, torturas y martirios, en nombre de una perspectiva más alta. Servidumbres materiales que a duras penas el espíritu se ha podido perdonar a sí mismo, al avizorar el destino efectivo de su esperanza.

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La noción, tan extendida, de que para elevarse primero hay que hundirse, no debería llevarnos a admitir sin reparos que los peajes siempre los paguen los otros. Prediquemos con el ejemplo. Sacrifiquémonos los primeros.

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Existe en la amplia lexicografía en torno a lo humano ciertas constantes, y también algunas pérdidas. La sociedad posmoderna, sin ir más lejos, ha excluido cualquier forma de sacrificio de su seno; tanto es así que, si hay algún pecado original en nuestro tiempo, es el de la renuncia.

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Inmolarse, por el motivo que sea, tiene en el siglo XXI algo de siglo XI.

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Sin el recuerdo del abismo del que me libro cada día por el mero hecho de estar vivo, ni siquiera sabría si soy animal, vegetal o mineral. Sin la promesa del cielo al que aspiro, poco importaría pertenecer a cualquiera de esos reinos.

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Del mismo modo que hay quien postula que existen animales (mejor dicho: mascotas) más “humanas” que las personas, pronto lograrán convencernos de que lo serán los robots.

 

 [Publicado en Culturamas]