Mostrando entradas con la etiqueta citas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta citas. Mostrar todas las entradas

Humanismo y trascendencia

 
«Humanismo, en efecto, no es, como pretende Sartre, sinónimo de antropocentrismo, inmanencia y, en definitiva, ateísmo. En el verdadero humanismo, en el humanismo pleno se habrán de descubrir, siempre, sus componentes sobrehumanos, llámense éstos “el Ser”, como quiere Heidegger, la Trascendencia, como dice Jaspers, Dios en el lenguaje de los teístas o Jesucristo, Dios hecho Hombre, según la fe cristiana. El análisis del hombre remite a un fundamento y una culminación que están más allá de él. “En el hombre hay más que el hombre”».

José Luis L. Aranguren, Sobre el humanismo, 1957




La pérdida de las humanidades: el veredicto de Jacques Lafaye

Recibo un ejemplar recién adquirido a través de la red de Por amor al griego. La nación europea, señorío humanista (siglos XIV-XVII), de Jacques Lafaye. Se trata de un importante libro publicado por el autor francés originalmente en español, ya que reside en México desde hace décadas. Aunque tiene aspecto de manual, en realidad se detiene en algunas áreas esenciales del humanismo del Renacimiento, poniendo el énfasis en los aspectos lingüísticos y retóricos, y especialmente en el cultivo del griego y la importancia de su rescate para el desarrollo de la cultura europea de la época (y de la nuestra). Aquí voy a reproducir un pasaje del epílogo, titulado "Consideraciones intempestivas en torno al humanismo hoy día", donde este investigador da rienda suelta a su pesimismo tras constatar la escasísima importancia que tiene el estudio de nuestra tradición cultural en la actualidad, hasta el punto de calificar de "etnocidio programado" a la labor de demolición del legado clásico en beneficio de los cultural studies y otros fenómenos periféricos "cuya víctima es la mayoría" (pág. 348), al verse privada de un instrumento de valor inigualable para la formación de la persona en una sociedad democrática e igualitaria. Juzguen ustedes mismos si sus análisis son certeros o se excede en sus presagios apocalípticos.




¿Qué tiene que ver la humanidad con el humanismo o “las humanidades”? La economía necesita econometristas, pero la humanidad está más  que nunca necesitada de “humanistas” lato sensu, esto es, dirigentes capaces de abarcar mental y emocionalmente todos los parámetros, sociales, políticos y culturales: ver más allá de los indicadores bursátiles y las estadísticas económicas y sociológicas. Esto supone cultura histórica, y política (en sentido platónico), incluso si se considera que nuestro tiempo no tiene  antecedentes porque el dominio de las técnicas avanzadas nos ha dado acceso a un mundo virtual el cual, si bien se ve, no es más que una extensión del mundo real, una refinada prótesis. El planeta está gobernado por  peritos especialistas, mejor dicho “expertos” en economía y finanzas, estrategia mercantil y militar... y los catastróficos resultados están a la vista.  

Gadamer afirma que: “La importancia creciente del papel desempeñado  por el experto en nuestra sociedad es también un grave síntoma de la creciente ignorancia de quien adopta las decisiones” (Hans Georg Gadamer, La  herencia de Europa [Das Erbe Europas, 1989], ensayos presentados por  Emilio Lledó, Ediciones Península, Barcelona, 1990). Tenemos la firme  convicción de que la cultura humanística es una condición de la apertura mental y de aquel “suplemento de alma” que (en términos ya obsoletos de  Henri Bergson) le ha faltado a la humanidad desde principios del siglo XX  para la brújula. La pérdida de la memoria de aquella civilización que había  producido los Diálogos de Platón y de Luciano, sazonados con sal ática, la  poesía de Virgilio y el “Manual” (Enquiridión) de Epicteto, está vinculada  al auge de la barbarie de que somos testigos y víctimas. La liquidación, por simple omisión, de la cultura humanística en los grandes medios de comunicación, así como la mercantilización de las relaciones humanas, son una catástrofe de gran magnitud, sólo comparable con el desastre ecológico contemporáneo. 

Es en los Estados Unidos de América donde este proceso de  descomposición está más avanzado, pero es también en los Estados Unidos  donde se ha desarrollado una vigorosa reacción, que todavía busca su ca  mino. Nuestra época desmemoriada se deja arrullar por la ilusión “instantaneísta” de la ubicuidad televisual; la responsabilidad de ello la comparten los hombres del show biz y los políticos, ¡y también los papanatas que siempre serán mayoritarios!

La raíz de la barbarie actual es la arrogante ignorancia, la pérdida inconsciente de las raíces culturales. Aclaremos: casi todo nuestro vocabulario técnico-científico, y la totalidad de los términos empleados en biología, medicina y farmacopea se han formado mediante la combinación de radicales griegos; lo mismo se puede afirmar del latín en la ciencia botánica. Nuestro lenguaje cotidiano ha ido cuajando en el fluir de los siglos, a partir del latín vulgar de los legionarios, adobado más tarde con latín ciceroniano (injertado de griego y árabe principalmente), y es el resultado final de una tardía ortopedia académica. Los nombres de nuestros parientes y vecinos: Helena, Alejandro, Teodoro, Demetrio, Hipólito, Basilio, Héctor obviamente, y, no tan obvios: Esteban, Catalina, Jorge, Irene, Sofía, etc... son nombres griegos. Y hay algo más fundamental: todos los conceptos y procesos argumentativos que utilizan (por lo común, inconscientemente) los científicos sociales son trasunto de la antigua retórica y la antigua dialéctica griega, tal como han llegado hasta nosotros, deformados por cierto, mediante los escolásticos medievales, los humanistas del Renacimiento, los racionalistas de las Luces; concretamente, los padres jesuitas y maristas de los colegios y sus continuadores, los maestros laicos del siglo pasado. Sólo que, según lúcido diagnóstico de Alfonso Reyes: “Hoy hemos perdido la nuez y guardamos la cáscara”.

La inadvertida tragedia es que ya no hay colegios de humanidades, sine sólo planteles de profesionales; es decir, ignorantes de todo lo que no pertenece a su especialidad: el mundo y la vida. Lo moderno se autodefine como la superación de todo lo anterior, ya obsoleto por la magia del incesante progreso. Se pierde de vista que el progreso es sólo técnico. En rigor, la modernidad se podría definir, muy al contrario, como el proceso milenario de degeneración de la antigua sabiduría griega, proceso ya en fase terminal. Surgen algunos improvisados “pensadores” que pretenden que, como consecuencia de los progresos de la química biológica, a Platón le ha de sustituir Prigogine como referencia filosófica, lo cual sólo refleja la fusión entre áreas separadas del saber. El avión supersónico no le ha quitado sentido al mito de Ícaro. 

"Ya no hay ni hombre ni mujer"



Desde que San Pablo nos alertara de que, desde la llegada de Cristo, ya no había "judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer" (Gálatas 3:28), ha llovido mucho... aunque no tanto, si atendemos a los falaces argumentos de quienes quieren imputar al cristianismo una supuesta culpa original en la erección del "patriarcado" como responsable de todos los males. Cualquiera que haya leído un libro de historia saber que dicha institución, tal y como perduró en Occidente a lo largo de los siglos, era de origen romano, mientras que si algo caracteriza al cristianismo es su defensa de la dignidad del ser humano más allá de su sexo, raza o cualquier otra particularidad que se superponga a su radical condición de hijo de Dios. No se trata de una afirmación genérica, sino que se apoya en textos muy importantes en la tradición cristiana. Por ejemplo, en la importante obra de Clemente de Alejandría, El pedagogo, se puede leer el siguiente pasaje

IV. El Logos es igualmente pedagogo de los varones y de las mujeres.

10.1. Abracemos, por tanto, con más fuerza esta bella obediencia y entreguémonos al Señor; sujetémonos al sólido cable de la fe en Él, persuadidos de que la virtud es la misma para el varón y para la mujer. 2. Porque si uno mismo es el Dios de ambas criaturas, uno es también el Pedagogo de ambos. Sólo hay una Iglesia, una misma modestia, un mismo pudor; es común el alimento y hay un sólo vínculo matrimonial; la respiración, la vista, el oído, el conocimiento, la esperanza, la obediencia y el amor: todo es igual. Los que tienen en común la vida, tienen también en común la gracia, la salvación y, en común también, la virtud y la educación.

¡Qué salutíferas resultan estas palabras en una sociedad como la occidental del siglo XXI, en la que desde ciertas instancias se están azuzando los antagonismos entre todo tipo de (falsas) dualidades: hombres y mujeres, ricos y pobres, autóctonos y foráneos, blancos y negros... En este contexto, el humanismo se presenta como el único paradigma cultural auténticamente inclusivo, pues lejos de subsumir a las personas en un "todo" artificial, fruto de concepciones ideológicas forzadas, las reconoce y enaltece en lo que tienen de común entre ellas, esto es: el ser únicas, insustituibles, y al mismo tiempo hijas de Dios y, en cuanto tales, auténticamente fraternales.

¿Para qué sirve la cultura?



En una sociedad donde los contenidos que no se pliegan a la imperiosa actualidad parecen condenados a la irrelevancia, siempre es interesante acudir a los testimonios de los grandes humanistas de todos los tiempos en favor de la paideia, es decir, de la formación permanente del ser humano en los saberes del pasado como instrumento para desarrollar y consolidar la propia vocación personal. A este respecto, suelo compartir con cierta frecuencia en redes sociales estas hermosas palabras de G. Highet, cuya obra en torno a la tradición clásica es una de las referencias absolutas en este campo.

La diferencia entre un hombre educado y un hombre sin educación es que el hombre sin educación vive sólo para el momento, leyendo su periódico y viendo la última película, mientras que el hombre educado vive en un presente muchísimo más vasto, en esa eternidad vital en que los salmos de David y los dramas de Shakespeare, las epístolas de San Pablo y los diálogos de Platón hablan con el mismo encanto y la misma fuerza que los hicieron inmortales en el instante en que se escribieron.

La idea de que el arte entronca al individuo -epocal y geográficamente ceñido- con una permanencia que trasciende el tiempo y el espacio me parece estrictamente humanista, y además, resulta liberadora siempre que se entienda correctamente, y no como una mera vía de escape (pues, como bien alertó Adorno en su Teoría estética, la evasión siempre acaba haciéndole el juego al opresor).


Fuerzas espirituales vs. materiales

"Ce sont les forces intellectuelles et morales, non les forces matérielles, qui dirigent et qui commandent la vie".




"Un tejido imposible de romper"

Quienes postulan que lo humano es una construcción social, particularizada, inscrita en una geografía y en una época muy concretas, producto incluso de ella, tienen en los artistas a sus mayores enemigos, pues ellos son los paladines de la universalidad humana, más allá del tiempo y el espacio . Basta con leer un poema eminente de cualquier tradición ajena a la nuestra para constatar que ahí late un corazón común a todas las geografías, a todas las épocas (la música y las artes visuales, en este campo, lo tienen menos difícil). A este propósito, me complacen las palabras de Juan Gelman con las que me he encontrado en mis vagabundeos digitales, y que traigo aquí por su acierto y validez.

Tengo muchos motivos de tristeza interior y exterior, como cualquier  persona; pero eso no me quita que viva esperanzado y consolado. La  poesía es un gran consuelo. 

Recuerdo un poema chino, anónimo, escrito  hace tres mil quinientos años: un pastor cuida el rebaño, con un frío  intenso, lejos de su mujer que está en el hogar e imagina al lado del  fuego, cosiendo; el último verso dice: Él escucha el ruido de sus tijeras bajo la noche profunda.

El hecho de que ese poema se haya escrito hace tantos años y todavía nos emocione, quiere decir que hay un tejido humano imposible de romper, una capacidad de belleza imposible de aniquilar. Después, cada cual con sus dolores se las arregla como puede. (La cursiva es mía).

Seguramente por ello los "constructivistas" aborrecen el arte libre y tratan de apoderarse de él para ponerlo al servicio de un programa ideológico totalitario, en el cual el espacio y el tiempo aplastan lo que de eterno rebulle en el hombre, buscando su pleno despliegue también en el mundo.

Cicerón: o dignidad o placeres


Leyendo el interesantísimo de Pierre Boyancé sobre el concepto de otium cum dignitate en Cicerón, cita un pasaje del discurso en defensa de Sestio que me ha parecido especialmente interesante, aparte de por no ser una de las referencias habituales en este ámbito, por su enaltecimiento de la dimensión de servicio que tiene la carrera política, tan afín a lo que postula el Evangelio: hemos venido a servir, no a servirnos.

 "Todas mis palabras tienen que ver con la virtud y no con la desidia, con la dignidad y no con el placer, con aquellos que creen haber nacido para el bien de la patria, para sus conciudadanos, para la consideración y la gloria y no para el sueño, los banquetes y la diversión. En efecto, quienes se dejan arrastrar por los placeres, quienes se entregan a los atractivos de los vicios y a los encantos de las pasiones, que abandonen los honores, que no afronten responsabilidades públicas, que se contenten con disfrutar de su vida ociosa gracias a los esfuerzos de los ciudadanos de espíritu más decidido. Al contrario, quienes pretenden alcanzar la honrosa estima de la gente de bien (que es la única gloria que verdaderamente puede denominarse así), deben buscar la tranquilidad y los placeres para los demás, no para ellos. Deben sudar por el bien común, deben afrontar enemistades y, a menudo, sufrir tempestades por defender la República: han de enfrentarse a muchos hombres audaces, impíos y a veces, incluso, a los poderosos".

(Cicerón, En defensa de P. Sestio, 138-139. Cito por la traducción de Gredos, vol. III).