Fotografía de José Luis Trullo
“El hogar: el
lugar donde no se siente”, escribió Pessoa. ¡Qué poca sensibilidad, la suya!
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¡Por supuesto
que en el hogar podemos experimentar un sinfín de sensaciones! Eso sí: tenues,
sutiles, delicadas... es decir, sumamente alejadas del trepidante carrusel de
sacudidas y zarandeos con que la sociedad actual identifica la emoción, incluida
la más banal.
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Las virtudes
asociadas con el hogar (la calidez, el esmero, la atención por lo próximo y
minúsculo) mueren en una sociedad como la actual, para lo cual solo cuenta la
gélida y expeditiva pasión por las cifras, cuanto más descomunales, ¡tanto
mejor!
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“Mi hogar, mi
castillo”, reza un dicho inglés. Y es que quien percibe como un hogar un
espacio cualquiera, aunque sea una humilde tienda de campaña, resulta moralmente
inexpugnable.
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Se lee en la
red: “la palabra
oikos proviene de
las vigas maestras de madera que sostenían la chimenea”. Así es. Quien dispone
de un
oikos, posee una lumbre en
torno a la cual calentarse, sobre la cual cocinar, con la cual iluminarse. No
necesita mucho más para constituirse en el centro del mundo... al menos, para
sí mismo.
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La sociedad
actual aborrece los valores asociados al hogar: el sentimiento de arraigo, de
pertenencia, de inserción en el espacio físico y moral... Por eso hoy en día
nada se combate con más ahínco que el concepto de “hogar”, el cual se reduce,
proverbialmente, a... “cuatro paredes”.
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¡Cuánto techado
material oculta a un sintecho espiritual!
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El hogar era en
Roma la sede de los lares, esas divinidades domésticas que lo envolvían todo con
una gasa emotiva y sacramental: hoy en día, es raro que habiten ninguna casa.
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Si no
transformas tu casa en un hogar, en realidad vives a la intemperie.
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La persona que
ama su casa y, cuidándola, la convierte en un hogar, se erige, no solo en su
legítima propietaria, sino en quien detenta la más alta autoridad sobre quienes
se limitan a sobrevivir en ella. Por eso, la más alta dignidad que uno puede
detentar en la vida es la de ser... su propia “ama de casa”.
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Cuidarse del
propio hogar, hacerse personalmente cargo de él, es la forma más alta de
humanidad que se me ocurre, pues con ello uno se concilia con el entorno, al
cual sirve y del cual se sirve en una primorosa relación de muda reciprocidad.
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Quien delega el
cuidado del propio hogar en una tercera persona, se está desahuciando a sí
mismo.
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Llegar a la que
crees que es tu casa, y encontrarla limpia y ordenada por otras manos: ¡qué
amarga forma de alienación!
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Solo son adultas
las personas que saben guisar, es decir, que son capaces de alimentarse por sí
mismas; de lo contrario, permanecen en un estado pueril, casi lactante.
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Que en la
sociedad actual cada vez más personas sean incapaces de hacerse cargo de su
propio cuidado y del de su hogar, ¿en qué les convierte? ¿En siervos de sus
siervos?
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Las casas
actuales están atiborradas de aparatos que lo hacen todo por nosotros. No es
preciso ser muy avispado para imaginar qué es lo que pretenden quienes nos los
venden.
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Una casa que
solo brinda un cobijo contra el calor y el frío, en poco se diferencia de una
cueva (y sus moradores, de homínidos paleolíticos).
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Hay que
devolverle el prestigio perdido a la experiencia densa y preñada de sentido del
“hogar”. De lo contrario, seguiremos en ese extraño sinhogarismo que consiste
en percibir la propia casa como un techo para el cuerpo y no como lo que nunca
debió dejar de ser: como un templo para el alma.