No mucho tiempo después de haber reunido su poesía completa en Las horas
sucesivas, Manuel Neila nos propone una selección, realizada por él mismo, de
cien de sus poemas, bajo el sugestivo título de La llama y la ceniza. Interesante
propuesta dual: por un lado, la pesca con red, que arrambla con todo y mezcla
los grandes atunes con las humildes sardinas; por otro, la pesca con palangre,
que se cuida de seleccionar las piezas de manera escrupulosa... lo cual nos va
a permitir entender muchas cosas del pescador, claro. Si tuviera que elegir,
como lector raso (que es lo que soy), me decantaría por esta última; como
estudioso de la obra del autor, no cabe duda que por la primera.
¿Y qué imagen parece querernos transmitir el poeta Neila en esta antología
personal? Pues, tras su lectura, me quedan pocas dudas de que existe una
voluntad clara de proyectar, de su rica y variada producción lírica, un perfil más
o menos perceptible de su propia comprensión, ya no solo de la literatura, sino
de la vida misma, y del vínculo que necesariamente debe existir entre ambas. Y
ese perfil, a mi parecer, es el de un poeta elegíaco.
Grosso modo, más allá de las experiencias históricas que nacen y mueren en
sí mismas, sin mayor recorrido ulterior, existen en la poesía española (de todos
los tiempos) dos grandes corrientes: una hímnica, que canta lo que se tiene o
ya viene, y otra elegíaca, que parece deleitarse en lamentar lo que se marcha o
añorar lo ya se ha ido. Por atenernos a la lírica contemporánea, en las filas de
la primera figurarían, entre otros, nombres como los de Juan Ramón Jiménez,
Pedro Salinas, Jorge Guillén, Antonio Colinas, Eloy Sánchez Rosillo, Jesús
Montiel o Jesús Cotta; y en la segunda, en un lugar de honor, Luis Cernuda y,
tras su larguísima estela, una auténtica armada poética: el primer Valente, Juan
Luis Panero, Antonio Rivero Taravillo y, sin duda alguna, Manuel Neila, aunque
en su caso conveniente y afortunadamente tamizada por la benéfica influencia
de Antonio Machado, por un lado, y por el delicado laconismo de los poetas
orientales, en especial de los haijines japoneses. (Por supuesto, ni que decir
tiene que existen autores que navegan por ambas aguas, incluso entre ellas, y
que los que se decantan por una u otra lo hacen más por razones de carácter
que por mezquinos motivos estratégicos).
Para realizar esta afirmación, como no puede ser de otro modo, me baso en las
pruebas aportadas por el poeta: en sus versos. Por ejemplo, al preguntarse, en
el poema titulado El extravío, “qué queda de los días y las noches” el autor se
contesta a sí mismo en La pérdida: “solo queda / el dolor de la ausencia”; y en
El regreso remata: “sombras y cenizas a manos llenas”. En uno de los poemas
más desgarrados y quién sabe si confesionales de la colección, El transeúnte,
el poeta recapitula, a modo de inventario de pérdidas:
Tendí la mano al mundo
y no hallé más que sombras movedizas;
alcé la frente al cielo,
y no hallé más que sombras desoladas;
busqué luego en la sombra
y solo hallé memoria de la vida.
Para Manuel Neila, parece no haber consuelo posible: “Las cosas que quisimos
son fugaces, caedizas; se van yendo como oscuras barcazas en la noche”
(Música cautiva). Cuando lo hace, y si lo hace, la luz “que nos colma, / nos
consume... y dispersa las cenizas” (Umbral de luz). Le basta y sobra con mirar
enderredor para advertir que “lo que ayer fue jardín / hoy es yermo” (El regreso),
hasta el punto de que, más que por conquistas y adquisiciones, “el tiempo se
mide por olvidos” (Presencia amada). Analizada la vida del hombre con ojos
implacables, “existir es arder; / vivir, quemarse” (Aposentos del aire), y el fruto
de la vida parece ser sumamente magro, puesto que aquellos logros que un día
tuvimos por tales, “si un día existieron, ya no existen / sino como ficciones” (El
extravío, de nuevo): el balance de los días apenas pasa de la constatación de
un “declinar irremediable, / sin pausa, audible apenas” (Mediodía de verano).
Ahora bien, lejos está el poeta de postular que la suya es la única actitud lícita
ante la vida; así, afirma en uno de los aforismos incluidos en el libro: “El tiempo
fluye de igual manera para todos los hombres. Y cada hombre flota en el
tiempo de distinta manera” (Lejos y entre los árboles, I). En efecto, no está
escrito que el hecho de que aquello que vivimos nazca y muera con su realidad
material; para ser honestos, solo quien así lo cree (porque así decide creerlo)
está fatalmente condenado a asistir a un desfile de defunciones, puesto que la
propia naturaleza, aquella que se ve y se palpa, subsiste gracias al holocausto
de las sucesivas generaciones de individuos. Aun así, tenemos pleno derecho
a preguntarnos si a eso se reduce todo. El propio Neila lo hace al inquirirse en
Las ilusiones que pasan acerca de “cuánta presencia pervive en la ausencia”
(frente a su contraparte fatal: la de “cuánta ausencia perdura en la presencia”) y
resolver la ‘equis’ de un modo quizá inesperado, pero no por ello menos radical:
la de que “la certeza está en lo que no transcurre”.
¡Quién podía imaginarlo! Tras la constatación de que todo parece fluir, como
las aguas del río heraclitiano (a las que el poeta apela en varias ocasiones), la
epifanía de que el transcurso es... una “ilusión” (sic). Y es que, frente al “eterno
discurrir” del caudal, siempre es posible –basta con decidirlo así– atenerse al
eterno quedarse de su cauce: ¿no es verdad que, sin este, aquel sería física y
aun metafísicamente inviable? Es más, si asumimos, como declara de manera
insólitamente apodíctica Neila, que “en realidad, no hay límites / entre lo que se
va y lo que aparece” (Límites), tal vez haya todavía una manera de trascender
la perpetua cadencia de las muertes y avizorar alguna forma de subsistencia
más allá de la meramente sensorial. Desde esta perspectiva, ardua pero viable
–que aquí me abstendré de glosar, pero que el propio poeta parece intuir–, “lo
que una vez existió, eso perdura”, como escribió Novalis. No en vano declara
Neila que “inmerso en el discurso de vivir, la palabra convierte el tiempo en la
única eternidad posible: la eternidad del instante”. Es un primer paso. Más allá
de la fatal cadena de los nacimientos incesantes, se abre una oportunidad de
matizar la tesis de que “la vida huye a campo raso” (Cristopher Cauldwell en
tierra de nadie), y es brindarle un techo: el del sentido. Cuando una experiencia
accede al ámbito del significado, abandona para siempre la naturaleza bruta y
mortal para acceder a la trascendencia perdurable. Bien lo sabe quien escribe
versos; ¿no declaró Hölderlin que “lo que dura, lo fundan los poetas”? Para
quien no se permite otra esperanza de eternidad, aún le es lícito encontrarla en
la percepción y transcripción de cuantos instantes plenos de sentido sea capaz
de detectar en la voragine de los días: incluso de aquellos que se le antojaban
abocados al absurdo. Y es aquí donde el elegíaco debe rendir las armas para
tener que admitir que, aunque nuestro cuerpo sea polvo y en polvo se vuelva a
convertir, entretanto dispone de innumerables ocasiones para escapar, si así lo
quiere, de la macabra espiral y acceder, aunque sea virtualmente, al penúltimo
cielo.
Manuel Neila, La llama y la ceniza. Olifante, Zaragoza, 2026, 194 págs.
(Publicada en la edición impresa de la revista 142)